Entrevistamos a Mónica Rodríguez

Mónica Rodríguez es una prestigiosa escritora de literatura infantil, nacida en Oviedo en 1969. Allí estudió Ciencias Físicas y en 1993 se trasladó a Madrid a cursar un máster de Energía nuclear, tema que integró muy bien en algunos de sus cuentos infantiles. Trabajó en Ciemat, un centro de investigación desde la finalización de su máster hasta el 2009, año en el que la concedieron una excedencia para dedicarse a la escritura. Desde 2003 que publicó su primer libro, Marta y el hada Margarita, no ha parado, llegando a conseguir varios premios reconociendo su buena literatura. En 2007 recibió el Premio Novela Juvenil Villa de Pozuelo de Alarcón y el Premio de la Crítica de Asturias por Los caminos de Piedelagua. En 2010 el Premio Literatura Infantil Ciudad de Málaga por La bicicleta de Selva. Y en 2011 el Premio Ala Delta gracias a su novela Diente de León, este mismo año recibió también el Premio Villa de Ibi por La última función. Dos años después, La niña de los caracoles le llevó a ganar el Premio Leer es Vivir de Everest. Y también en 2013 fue galardonada con el White Ravens por una novela escrita a cuatro manos junto a Gonzalo Maure. Recientemente ha publicado Alma y la isla, premio Anaya 2016, novela que cuenta la historia de la llegada de Alma a una isla y a una casa donde recibe el cuidado y la tierna acogida de la familia de Otto. Pero el pequeño de la casa no está muy contento con su llegada, ya que su familia no le presta la atención que tenía antes de la llegada de la nueva inquilina. Con el tiempo todo cambiará, las pocas palabras que intercambian Otto y Alma se convertirán en algo más y la distancia entre ellos desaparecerá gracias a la amistad.


¿Por qué surge la novela Alma y la isla? ¿Qué quieres transmitir al lector infantil?

El drama humano de la inmigración, acrecentado en los últimos años, siempre estuvo muy presente, rondándome la conciencia. Un día leí una noticia sobre la isla de Lampedusa donde están tan saturados los centros de acogida que a veces los pescadores, que participan también en las labores de rescate, acogen a los niños en sus propias casas. Entonces lo supe. La historia estaba ahí, no sabía aún cómo iba a desarrollarla ni qué iba a suceder, pero esa era la historia que yo quería escribir: la relación entre el hijo menor de un pescador y una niña que rescatan del mar y que acogen en su casa. El conflicto entre los niños está inspirado en la relación de mi hija menor con Amaina, la niña saharaui que pasó con nosotros tres veranos.

 

¿Qué quieres representar con la llegada de Alma de un mundo tan diferente?
Alma son todos esos niños -y adultos- que tienen que abandonar su tierra, su familia, todo lo conocido, arriesgando cuanto tienen, incluso la vida, para alcanzar una tierra en la que esperan recuperar su dignidad y en la que no siempre lo consiguen. Son los que llegan y también los que mueren en el camino. Las cifras son brutales. Solo el año pasado, más de un millón de inmigrantes irregulares y refugiados han llegado a Europa, la mayoría por mar. Más de 3.600 murieron en el intento. Tratemos de poner a ese millón de personas en fila, con sus nombres, sus sueños, sus miedos, sus miradas, sus llantos y sus risas. Todos son Alma.


¿Cómo construyes el personaje de Otto y su cambio de actitud? Al principio podemos ver que le incomoda la presencia de Alma y que aparecen los celos en Otto, el pequeño de la familia, pero con el tiempo estos roces se convierten en complicidad ¿Por qué el cambio de actitud de rechazo a aceptación y no directamente la aceptación?
A pesar de que Otto conoce la terrible situación de Alma, él la rechaza, le produce sentimientos contradictorios – compasión, celos, culpa, admiración- y prefiere que no esté presente para no sentir todo eso. Poco a poco va descubriendo en ella a la niña que es y a través del amuleto mágico vive la experiencia de su viaje. Mi hija pequeña también sufrió esos sentimientos contradictorios con Amaina, y la convivencia, el conocimiento del otro, le hizo poco a poco llegar a quererla como una hermana. A partir de esta experiencia, de esta situación inicial dejé a los personajes que interaccionaran solos. Les escuché, les seguí yo a ellos.


En la novela aparece un elemento simbólico, el amuleto de Alma ¿Te resultaba importante introducir magia en la literatura infantil porque es más vistoso o surgió a medida que ibas creando la historia?
Inicialmente yo no iba a contar el viaje de Alma, quería centrarme en el conflicto de los niños, pero me di cuenta de que este no era real si omitía su viaje, su realidad. El amuleto fue un encuentro mágico, apareció sin yo proponérmelo y me dio la herramienta perfecta para contar el viaje de Alma y que Otto lo sintiera en sus carnes. No creo que sea necesario en absoluto que haya elementos mágicos en los relatos para niños, pero sí son un componente interesante, poderoso, muy atractivo.


Hay un claro mensaje para los niños, un mensaje de tolerancia hacia la inmigración ¿Por qué tratas este tema? ¿Qué quieres difundir?
Evidentemente hablo de este tema porque considero que es necesario hablarles a los niños de las problemáticas de nuestra época, de las tragedias que se suceden con nuestro consentimiento y que nosotros -los adultos- no somos capaces de resolver. Los niños son el futuro. Es importante que conozcan la realidad y reflexionen sobre ella para que hagan las cosas mejor que nosotros.


¿Hay también un mensaje para los adultos? Vemos que finalmente Otto da las gracias a su padre por haber acogido a Alma, y que a lo largo de la novela los adultos no prestan mucha atención a la situación de Otto ni a la adaptación de Alma ¿Qué mensaje deberíamos captar los no tan niños?
Los adultos muchas veces no nos damos cuenta de lo que les pasa a los niños, o no lo valoramos en su justa medida, pensamos “son cosas de críos”, estamos con nuestros asuntos, nuestra verdad, mucho más importante que la de ellos. Creo que los niños en esto son más intuitivos. Es precisamente ese alejamiento entre las miradas de los adultos y de los niños, ese salto, esos intereses tan distantes algo que me inquieta y que me atrae y sobre la que escribo muchas veces, tal vez para recordarme a mí misma que preste más atención al mundo de los niños. Cuando mi hija pequeña sintió celos hacia Amaina yo no le hice caso. Simplemente me disgustaba su comportamiento. En el libro reflejo mi actitud que es la de muchos adultos.

 

¿Crees que los casos de rechazo ante esta situación vienen más por parte de los niños o de los adultos?
Creo que estamos demostrando que somos los adultos los que rechazamos frontalmente a los inmigrantes por miedo a que nos quiten o rebajen nuestro bienestar. Y eso es terrible. Los niños, al fin y al cabo, son un reflejo de los adultos.


La relación adulto- niño es muy importante y no siempre la tomamos con la comprensión que deberíamos ¿Qué crees que debería cambiar?
Es inevitable que las miradas adulto-niños sean diferentes. Entiendo que los adultos debemos hacer un esfuerzo mayor por comprender su mirada, por mirar como ellos. Estoy segura de que aprenderíamos mucho.


Bajo tu punto de vista y porque está en la orden del día ¿Qué te parece más duro la inmigración o la emigración? Me refiero a que, aunque una implica a la otra, qué crees que resulta más complicado ¿Abandonar tu país o integrarte en uno nuevo?
Ambas situaciones son terribles y vienen unidas. Tras el desarraigo, tienes que empezar a cavar para encontrar nuevas raíces y a veces los países de acogida no lo ponen (ponemos) nada fácil.


¿Crees que tu novela concienciará a muchos niños, y no tan niños sobre la situación que tantas personas están pasando?
Ojalá. Ese sería el mejor de los premios. Confío en que la lectura les ayude a ponerse en el lugar del otro, porque, al fin y al cabo, los libros sirven para eso. Son la mejor herramienta para vivir experiencias que de otro modo jamás viviríamos, para cambiar nuestra mirada, para ampliar el conocimiento sobre el mundo y reflexionar.

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