A.I.M

El álter ego A. I. M. nació como vía de escape y de crecimiento. Él alimenta al autor y el autor se alimenta de él, mediante mentiras escondidas tras certezas y verdades camufladas de falsedades.
Algunos de sus trabajos han sido publicados en http://trabalibros.com/comunidad-trabalibros/i/16247/95/a-irles-m,  pero la mayoría en su blog personal: http://otraresacamas.com/
Uno de sus cuentos "Tren hacia..." ha sido leído y recreado en el programa "Extra Fantástica" de Radio3 (España) http://www.rtve.es/alacarta/audios/extra-fantastica/extra-fantastica-descubrimientos-irles-tren-hacia/2178595/
Alguno de sus relatos aparecerán también en la antología "Libro Vuela Libre 2014" http://www.librovuelalibre.com/

Akasica

“¡Mirad este puente! La ciencia <<oficial>> lo data de hace 2000 años, pero… ¡¿explica eso la existencia de este río con peces que no existen en otros lugares del mundo?! ¡No! En este puente la conexión cuántica con el aura de los seres vivos que viven cerca es patente… para todo el que se atreve a mirar con la mente abierta, claro. Solo unos pocos han logrado explotar más del 5% de su cerebro: Einstein, Nostradamus, Jesucristo… y ¡¡mirad lo que consiguieron!!

Eso que consiguieron gracias a la iluminación que recibieron del Universo mediante las conexiones atómico dinámicas que explican, por ejemplo, la telepatía. Este puente, a pesar de que quieran esconderlo los <<científicos>> al mundo y los escépticos, ¡es un vórtice de karma cargado de interacciones neutrínicas positivas! ¡¿Podéis sentirlo?! ¡Extended vuestras extremidades! ¡Entrad en comunión con el Universo que nos brinda su luz a través de las grietas de este deca-milenario puente! ¡Entrad en la nueva era a través de él!”

Y luego me violó. Lo juro. Bueno, se violó conmigo, en realidad. Yo soy un puente y no puedo ser violado, al menos no en ese sentido. Esa baba gigante, ese ser enorme de colgajos y vellos corporales no vinculantes con su género, se subió (no sé cómo) a la cruz de piedra que lleva 8 siglos sobre mi guardando la entrada del pueblo y rememorando no se qué masacre… y se violó con ella. Así, tal cuál. La muy puta y perturbada, se violó. Ese amasijo de grasas y babas, esa bola de pellejos bamboleantes violó mi cruz entre diabólicos alaridos y terroríficos espasmos causados, espero, por alguna puta mierda que se fumó antes. Asistí impotente a mi primera violación por una bilis con muñones  hasta que me desmayé. No me avergüenza reconocerlo: me desmayé, y si pudiera me habría muerto. Es que a veces sueño con que me derrumbo… me siento tan viejo. Si al menos pudiera darme a la bebida…

Distopía de la mujer

La voz lejana y eléctrica del locutor vibrando directamente en la corteza auditiva de los proletarios clase I en atenuaba el sonido de los martillos golpeando, tac tac tac, rítmicamente  y sin pausa, tac tac tac.

Se confirman los resultados de la votación en el parlamento del Gobierno Mundial: se suspende el día de la Mujer Trabajadora. Esta mañana a las 10:00, hora mundial, el consejo decidía acabar con uno de los últimos vestigios del Periodo Ambiguo. El Presidente ha hablado por el tele-córtex mundial:

” Acabamos con uno de los símbolos del pasado oscuro, el pasado que nos llevó a la Guerra y a la Gran Devastación. Hemos tomado esta determinación en pos de un Mundo mejor. No es más que otro paso adelante por olvidar el terrible pasado auspiciado por nuestros ancestros. ¡Saludos, paz y futuro!”

Los martillos dejaron de repitquetear, todo el mundo se puso en pie, mecánicamente, con la mirada borrosa enfocada en ninguna parte, para observar en silencio, la bandera mundial que el tele-córtex enviaba a la  corteza visual de sus cerebros. Algunas cerraban los ojos a pesar de que la imagen llegaba directa a sus conciencias.

Tac, tac, tac, volvieron todas a una al trabajo. Cada una, de las miles, tenía que martillear 100 piezas a la hora, todas iguales, todas diminutas, todas inservibles a primera vista.

- He oído que la suspensión de este día traerá algo de libertad para nuestras hijas. O puede que para nuestras nietas…

- No seas crédula. El mercado de mujeres se estaba colapsando con los precios tan bajos que se manejan en este día. Es solo una cuestión de regulación económica.

- ¿Crees que de verdad este día fue inventado por los antiguos?  O a lo mejor sí, pero ¿y si no era así? Mi abuela contaba que su abuela le contaba que…

- Sigue martilleando, que no vas a llegar al mínimo.

- Hoy me da igual.

El tele-córtex de la cadena de montaje se activó, eran las 11.

Son las 11:00, el recuento de piezas martilleadas empezará en 30 segundos. Dejen los martillos en la cesta. ¡Saludos, paz y futuro!


Syrah

Ese lunes, como casi todos a esa hora, aún había varias mesas libres, excepto mi preferida, que estaba invadida por una pareja de maduros nórdicos. Él era alto y delgado como un bambú, algo calvo y para nada rubio, pero con los mofletes y la nariz sonrojados, supongo que debido al sol del mediodía y al par de copas de vino que ya llevaba en la sangre. Vestía vaqueros y jersey gris bajo una americana oscura. Ella no era más baja que él pero sí más rubia. Estaba de espaldas a la puerta y yo sólo podía intuir que reía por como agitaba sus hombros desnudos y enrojecidos. Con sus dedos largos y finos acariciaba el borde de la copa. haciendo semicírculos acariciándola con la yema de su dedo índice. Con su otra mano se alisaba el largo vestido rojo que la cubría hasta los tobillos. Estaban en mi sitio y no estaba siendo un buen lunes, cosa a la que ya me estaba acostumbrando. Estaban en mi sitio, bebiendo mi vino preferido y con la piel sonrosada por el sol. Estaban ahí dentro y yo ahí fuera, mojándome bajo la extraña lluvia de este lunes.

Entré y fui a buscar otro sitio con la mirada.

- ¡Hola! ¿La esperas o pides algo? – Lola estaba en la barra.

- Hola – contesté quitándome las gafas totalmente empañadas por el cambio de ambiente – no, tráeme una botella del Syrah italiano, por favor…

- Vale – sonrío, con una sonrisa en los labios, como siempre – ¿y dos copas?

- No, una… solo una… está siendo un lunes muy largo…

Me senté en lo que podría llamar mi segundo sitio preferido del TintoFino. Ellos estaban sentados en la mesa alta que se encontraba nada más entrar a la derecha, y yo en la de la izquierda. Dejé el móvil en la barra junto a unos botes de conservas y también mi libreta y la pluma . Descargué mi abrigo empapado sobre la banqueta de enfrente y me sequé la cara con el jersey. Desde la barra, Lola, mientras hacía una leve mueca de burla señalando a los tortolitos nórdicos, me dijo que ya no quedaban botellas del Syrah,

- Bueno… ¿pues un Nero d’Avola?… mierda de lunes.

Detrás mía la puerta se abrió y se me heló la nuca. Cesaron las risitas y los coqueteos de la parejita . Ella dejó de jugar con el borde de su copa y me miró. Era mucho mayor que él, con muchísimas más arrugas que él en la frente y alrededor de los ojos. Pero tenía un rostro afable, muy sereno y tranquilo. Por fin, la puerta se cerró y la mujer dejó de mirarme.

Pasó junto a mi lado una figura no más alta que yo, con una capa negra (que antiguo pensé) y una capucha grande con la misma ausencia de color. Se acerco a mi mesa, dándome la espalda y quitó mi abrigo de la banqueta. Se bajó la capucha dejando a la vista una melena corta negra como el carbón, más negra aún que la caperuza y la capa, y una nuca pálida y suave. Dejó la capa y mi abrigo en otra banqueta y se sentó enfrente mía. La pareja seguía sin reír, sin pronunciar palabra. Ella quedó frente a mi, mirándome fijamente, con los ojos tras un antifaz negro. Sus párpados apenas se cerraban más que muy de vez en cuando y sus pupilas eran tan negras como su iris, y más oscuras que su pelo. La pareja seguía callada, más que antes, y, me di cuenta en ese momento, la música ambiental había parado de sonar: sólo se oía la lluvia golpeando la calle con prisa.

El vino llegó: Lola llevaba, finalmente, la botella de Syrah italiano en la mano derecha  y una copa en la izquierda. Y la chica de la máscara me miraba. Y yo la miraba. Y ella no pestañeaba. Y yo lo hacía sin parar. Lola apoyó la copa en la mesa, sujetando la base bajo sus dedos y su palma, con el cuello de la misma entre la “A” y la “I” del tatuaje de su mano izquierda. Vertió una pequeña cantidad en el interior y mi compañera de mesa la agarró de la base, apretándola entre sus dedos índice y pulgar. Se la acercó a la nariz, mostrándome sus largas y cuidadas uñas negras y, sin parar de mirarme, aspiró los aromas del vino. Luego levantó la copa y la miró al trasluz comprobando su color utilizando las hojas de mi libreta abierta como contraste. Volvió a clavar su ojos en mi y comenzó a hacer girar la bebida dentro de la copa. Aspiró de nuevo los aromas, supuse que ahora más variados y complejos pero menos intensos, y, finalmente, probó el vino. Lo paladeó y movió en el interior de su boca. Volvió a oler la copa, ahora vacía y, sin hacer una sola mueca y ni mostrar un solo gesto en su rostro, dejó la copa y se dio la vuelta. Se puso la capa y la capucha, colocó mi abrigo en la banqueta y se fue. La música volvió a sonar y el sonido de la lluvia se ocultó de nuevo bajo el ruido de las risas y coqueteos de la pareja extranjera.

Entró Pierluigi, tan animado como siempre:

- ¡Hey! ¿Qué tal? ¡Saludos! – dijo saludándome – ¿qué tal todo? ¡oh! ¿toda la botella para ti? Bien, bien, bien… – terminó de decir mientras terminaba de llenar mi copa y saludaba a Lola – ¿qué es esto? No estabas solo, ¿eh? – bromeó mientras señalaba una marca de carmín rojo en la copa.

Lola, algo apurada, cogió la copa:

- ¡Ay! Lo siento… se me habrá olvidado lavar esta copa, lo siento… -dijo avergonzada y llevándose la copa hacia la barra.

- ¿Rojo? -balbuceé yo -ella llevaba carmín negro… creo… o no.

- ¿Quién? -preguntó Pigi.

- ¿Quién? – preguntó Lola.

- Da igual, nadie – contesté.

Pero, ella no llevaba los labios rojos, creo, me volví a decir.