Diana Carol Forero

Egresada del Taller de Escritores de la Universidad Central, en 1996 y del Taller Virtual de Escritores Idartes 2013.
Participó en CREA, la Expedición por la Cultura Colombiana, en 1995, representando a la ciudad de Bogotá en las modalidades de cuento y poesía.
Finalista en el Concurso de Poesía PRENSA NUEVA, de Ibagué, 1996.
Participó en 1996 en la serie de recitales Vasos Comunicantes, de la Alianza Colombo Francesa.
Primer puesto en el Concurso Virtual Zonal de Cuento Corto "Pensamiento al Viento", UNAD Zona Amazonía Orinoquía, en 2013. Segundo puesto en el Concurso Virtual de Poesía UNAD ZAO 2013.
Actualmente estudia Psicología, en la UNAD y se desempeña como Promotora de Reintegración para la Agencia Colombiana para la Reintegración ACR, de la Presidencia de la República.
Ha escrito tres libros inéditos: “Fórmula para un exorcismo de piel” (poesía, 1995), “El canto del fénix” (poesía, 2013) y “SIN LÍMITES – Borderline” (Novela, 2013).

SIN DESTINO

Mi hermano Diego recién se graduó del magíster que estaba haciendo, en Chile. Ahora la familia cuenta con un científico, además de la oveja negra que siempre he sido yo. De aquí en adelante, probablemente el referente para educar a los niños sea él: “debes esforzarte y estudiar mucho, mira a tu primo Diego donde está”, y el mal ejemplo seguiré siendo yo: “si no te esfuerzas, mira lo que pasa, ve a Daniela, hasta dónde la llevó su mala cabeza”. Pero esas son cosas que poco o nada me afectan, al fin de cuentas. Esta es mi segunda vida, no sé si tenga las siete del gato, pero esta es la segunda oportunidad que me ha dado Dios. Recién nací a los 35 años, después de que nació mi hijo. Él me devolvió la vida, que se me escapaba a poquitos allá en el monte.
Recuerdo la primera vez que nos asaltaron, ya vivía con el “Toro”. Como yo era la instructora de cartografía, venía de dictar un curso para los de la unidad del “abuelo”. Salí de la vereda Peñas Blancas y tenía que cruzar sola un enorme trayecto hasta La Herrera. Bueno, no tan sola, porque traía a “Jacky” mi perro lobo, que apenas tenía un año. Iba caminando mientras “Jacky” me jalaba, con mi equipo a cuestas y una pistola, que era todo el armamento con que contaba ya. Cuando me lesioné la rodilla, me habían quitado el fusil para dárselo a alguien que pudiera hacer algo más que cogerlo de bordón. Ésa fue la explicación que me dieron… jajaja. A los cuatro meses, el tipo que llevaba mi fusil se voló en medio de una importante misión, en el anillo de seguridad de Pablo Catatumbo. Así que solo éramos mi pistola, Jacky y yo, con ese enorme equipo a cuestas. Para ese entonces, ni se me había ocurrido escaparme, todo me era indiferente, además siempre pensé que cuando lo mandaban a uno solo, era porque alguien más lo estaba vigilando a escondidas. Así que me limitaba a hacer lo que me ordenaban, iba adonde me decían y no intentaba nunca escapar, ni hacerles trampa en forma alguna.
Salí del campamento del “abuelo” a eso de las diez. Pasé por el puesto de guardia con el sol brillándome en la frente. Camino abajo, los campesinos cumplían las labores cotidianas en sus fincas, unos sembraban, otros cogían café, arreglaban cercas… ése es el encanto de la vida en el campo, donde no hay afanes y el tiempo se prolonga en un espiral elástico que hace de la vida un eterno sueño.
Claro que eso cambiaba para ellos cuando estábamos cerca. No lo decían, pero el miedo se instalaba como una sombra que opacaba un tanto sus días tranquilos y apacibles. Pero ellos, habituados a aguantarlo todo, no lo dejaban notar. Los campesinos son personas nobles, calladas, tranquilas, trabajadoras y amables. Igual te dan un vaso de agua a ti que al ejército o los paramilitares, ellos no tienen enemigos, no tienen lealtades, ya que la guerra no es asunto suyo. Ésa es la parte que ninguno de los bandos ha entendido nunca. En ninguna de las guerras.  Por eso son los campesinos los que más víctimas cuentan, el que no está armado siempre lleva la peor parte. Ésa, precisamente, fue la cuestión que más me distanció siempre de mis comandantes, yo intentaba defenderlos, lo que hacía que fuera algo más que una incómoda piedra en el zapato. A veces pienso que quizás por eso me enviaban sola, a ver si el ejército me capturaba o me mataba.
Bajando por el camino real, al cabo de unas dos horas llegué a una trocha. Apenas asomé, sentí el rumor del campero que iba subiendo. Solté la correa de Jacky y corrí hasta la curva para alcanzarlo. Por suerte el chofer nos vio por el espejo y paró un poco más arriba. Subí como pude mi pesado equipaje y me senté en el único puesto disponible, Jacky se amontonó como una bola de pelo a mis pies. El carro iba como siempre, repleto de bultos de café y las cinco personas que iban sentadas, se apeñuzcaban como podían para acomodar las piernas entre los costales. Me miraron extrañados porque iba sola con el perro, pero al ver que no era tan joven, quizás pensaron que era una comandante y sonrieron aliviados. Siempre existe el temor entre ellos de ser testigos de una fuga, ya que los comandantes pueden considerarlos cómplices y llamarlos a dar su versión de los hechos.
Tres horas después íbamos llegando a La Herrera, un pequeño corregimiento enclavado en las montañas del sur del Tolima. Me bajé en la calle principal, esos días se podía pasear un poco, ya que el ejército había cedido esa posición. En ocasiones algún guerrillero estaba en el caserío, cuando el ejército llegaba y el despistado debía salir disparado de ahí antes de que jugaran tiro al blanco en su trasero. Eran más de las tres de la tarde y no habíamos almorzado, llevaba algo de dinero, muy poco en realidad, que me había dado el “abuelo” antes de despacharme. Contando con esa mínima fortuna, llegué hasta un restaurante y pedí la comida más suculenta del lugar, algo nunca imaginado en el campamento, que en mis años de guerra no había vuelto a probar: una hamburguesa. Saboreé mi mitad como si hubiera bajado del cielo envuelta entre algodones de nubes, en realidad no estaba tan buena, pero también Jacky devoró hasta la servilleta. En esas estaba, cuando recordé que el carro salía antes de las cinco. Cogí el equipo y corrí hacia la estación, con Jacky jadeando detrás, pero era tarde y ya el último campero de la tarde iba subiendo los primeros filos de Cristales, la vereda vecina. Pensé en la furia del “Toro” cuando viera que yo no iba en ese carro, pensé en las mil consecuencias negativas de mi suculento banquete, pero ya que podía hacer. Estaban muy arriba, como para pensar en irme caminando con mi pobrecito animal. Y no tenía un caballo, además tenía que llevar mi voluminoso equipo, que requería de por si una bestia para ser cargado. Bueno, no había más remedio que esconderme y esperar.
Al día siguiente el primer carro salía a eso de las siete. Con suerte, a las nueve estaría en el campamento, antes de la hora en que habitualmente se comunicaban con el “abuelo”. Así que bien podía dormir por una noche en una cama decente. El asunto ahora era encontrar en donde pasar la noche. Y cómo, pues de lo que el “abuelo” me había dado sólo quedaba ya lo del pasaje. En el caserío había un alojamiento pequeño, escondido entre las casas de abajo, cerca al río. Pensaba ir a decirle a doña Carmen, la dueña, que me fiara la habitación, que yo le mandaba después la plata.
Pero estuvimos de suerte. Apenas llegamos, la señora me dijo que allí estaba alojado otro guerrillero, llamado Rómulo. Yo lo conocía, era de la Financiera del “Chivo” y habíamos coincidido en el mismo campamento un par de veces. Así que fui a hablar con él. Toqué la puerta de la habitación, y me abrió su mujer, una civil que hacía unos días había tenido un hijo con él. Por eso a Rómulo le habían dado permiso de estarse unos días en el pueblo, para estar con el crío. Con mucha pena le expliqué lo que me había pasado y por qué no podíamos salir hasta el día siguiente. Rómulo me tranquilizó diciéndome que él arreglaba las cuentas con el “chivo”, que no me preocupara. Habló con doña Carmen y ella nos dio una habitación. No era el Meliá precisamente, pero para alguien habituado por años a dormir en el suelo, en el mejor de los casos sobre unas hojas, era un palacio digno de un rey.
Le tendí a Jacky una sábana al lado de la puerta y dormimos como nunca. Al día siguiente, salimos en el primer campero. Debíamos bajarnos entre Cristales y Campo Hermoso, cerca de la escuela y subir el filo de la finca de misiá Carmenza, a quien todos conocíamos pues había tenido un hijo en la guerrilla. Allá llegamos como a las diez de la mañana. El “Toro” ya se mascaba la impaciencia rumiando entre los dientes. Por suerte, aún no había podido hablar por radio con el “abuelo” pero le parecía que nos habíamos demorado mucho. Le conté a grandes rasgos el viaje, pero sin mencionar que había encontrado a Rómulo en el hospedaje. Era muy celoso y bastante violento, yo sabía muy bien que podía entender mal las cosas y eso traería terribles consecuencias para mí.
A las once le avisaron que el ejército acababa de entrar nuevamente en La Herrera. “De la que se salvó, vieja malparida”, me dijo. Sentí correr un frío pegajoso por la espalda. Si no hubiera salido rápido de ahí…
-Hay que estar listos pa cualquier vaina- dijo el “Toro”– No olviden que estamos cerquita del pueblo y alguien puede sapearnos y nos caen encima.
Apenas almorzamos tocó empezar con el alistamiento de equipos. Menos mal yo no había desempacado el mío, precisamente por eso me mandaron a la rancha a hacer la comida. Mejor para Jacky, que se dio un banquete de huesos compensando la escasa ración del día anterior. Eran las tres de la tarde cuando llegó una comisión que habían enviado a Palo Negro, al otro lado de La Herrera, unos días antes. Llegaron a la escuela en un campero y desde el filo los vimos bajando los equipos y las armas.
-Maldita sea- dijo el “Toro” –estos imbéciles van a hacer que nos salgan asaltando.
Cuando subieron al campamento iban siendo las cuatro. La comida aún no daba punto y yo acosaba con todas mis fuerzas el rústico fogón de leña para terminar pronto, descansar un poco y estar lista por si acaso. Fueron entrando uno por uno, como si vinieran de un baile, oliendo a trago y muertos de risa: “Chamuco”, “Tangas”, el “diablo”, “Agonía” y otros dos que ya no recuerdo. El “Toro” los repletó de insultos antes de contarles que el ejército ya estaba en el caserío. En eso, “Chamuco” soltó una carcajada.
-Fresco, cucho- le dijo – nosotros nos dimos cuenta, pero veníamos con el carro carpado y no nos vieron.
-Eso es lo que dicen ustedes, so pendejo- contestó el “Toro” –podían haberlos detectado y seguirlos hasta acá, es mas, alguien podía sapearlos y traernos el ejército detrás.
-Bueno, pero deje el susto- contestó el “diablo” –usted es el que dice que el que no sirve para matar, sirve pa que lo maten, asi que cual es el miedo, ¿no?
Yo escuchaba la discusión asustada, pensaba que quizás mi imprudencia dejándome ver el día antes uniformada y con equipo en pleno caserío había hecho que el ejército subiera hasta allá de nuevo. Pero no dije nada. En eso, el “Toro” me dijo que sirviera esa comida como estaba, que nos íbamos ya mismo. 
El oficial de servicio mandó a formar con vajilla y yo les serví la comida y lavé las ollas. Apenas terminé le puse la correa a Jacky y me eché la maleta encima porque ya iban todos bajando el filo hacia el lado de Campo Hermoso y estaba entre claro y oscuro. Pregunté al “toro” para dónde íbamos. Me respondió que eso no era asunto mío y que así como estaban las cosas ni a su madre le decía pa donde había que ir, que me limitara a seguir a los demás.
Eso mismo hice. Callarme y andar. Toda la noche. Gracias a Jacky, que me jalaba, después de muchos golpes, de estrellarme contra los árboles, contra las piedras, llegué a eso de las once y media adonde los otros estaban ya preparando su caleta. Era el filo de la casa nueva, a un costado de la finca de don Miguel. Llegué embarrada, mojada y así me tiré a un lado del “toro” abrazando a Jacky, envueltos en un plástico negro para coger calor. No tenía caso ponerme a buscar ropa limpia, si al día siguiente había que seguir trillando monte, lo más seguro. Además  estaba muy cansada para desempacar.
Dormí bastante mal y a las cuatro y media me desperté como si una tractomula me hubiera pasado por encima, me dolían hasta las orejas por decirlo de alguna manera. Ya el “toro” se había levantado y estaba llamando al personal. Me levanté a orinar y Jacky salió a explorar el terreno. Lo vi pasar debajo de un portón de madera que daba a un camino que venía del filo siguiente, donde los arrieros habían dejado la remesa y las mulas esa noche.
Me estaba abrochando la correa nuevamente cuando lo escuché chillar como si alguien le hubiera pegado. Me pregunté quien podía andar por ahí a esas horas, pero al final la pregunta se perdió en el vacío porque no le di importancia. Llegó al momentito, como asustado, chillaba y me jalaba la ropa con los dientes, me ponía las manos embarradas en las perneras del pantalón. No entendí la razón de su comportamiento caprichoso y pensé simplemente que así eran los animales. Le pegué una bofetada para que me soltara. Esto lo digo con vergüenza, claro. Nunca me ha gustado pegarle a nadie, mucho menos a un animal indefenso. Como se calmó, fui por mi maleta, recogí la carpa y el caucho rápidamente y los empaqué.
Me eché el equipo a la espalda y salí detrás del “toro”, que ya iba por el filo arriba, a esperar un poco más allá hasta que amaneciera. Jacky siguió adelante, feliz, saltando hasta alcanzar al “toro”.
Un poco más arriba lo volví a encontrar, ya echado al borde del camino. Pensé que me estaba esperando, así que lo acaricié y seguí subiendo, él me siguió, batiendo la cola. Los demás guerrilleros empezaron a alcanzarme y pasar adelante mío, como siempre ocurría en las marchas, sobre todo filo arriba, ya que mi rodilla me impedía esa clase de desplazamientos, en los cuales sufría bastante. Un poco más arriba, los muchachos me estaban esperando para preguntarme por el “toro”.
-No sé -les dije– él iba adelante mío, debe estar más arriba.
-No- dijo “Chamuco” –por aquí no ha pasado…
-Se habrá quedado más abajo, entonces…- y recordé que había encontrado a Jacky echado esperando a un lado del camino. – Creo que sé por donde cogió, espérenme aquí- les dije. Empecé a descolgar el filo nuevamente, un minuto después apareció sonriendo. Todavía a unos pasos de mí, me dijo: “Qué hace por acá tan arriba?”
-Buscándolo a usted -le dije– yo pensé que había subido por acá, y los muchachos se me vinieron detrás.
-Ah, bueno, ya voy a decirles que se bajen -me alcanzó a decir, y dio un paso hacia mí, cuando sonaron los primeros tiros y cayó a mis pies. 
Pensé que lo habían matado, que me matarían a mi, no supe qué hacer. Hasta que se levantó gritándome:
-¡¡¿Qué cree que hace ahí parada?!!!, ¡¡muévase!! ¡A subir el filo, pero ya!
Me volteé nuevamente, y el corrió filo abajo, mientras yo pensaba que iba derechito adonde estaban disparando, ya se veía la candela rojita de las armas cruzando tiros y el ruido ensordecedor de la ametralladora. Alcancé a los muchachos y seguimos subiendo. Temblaba todo el camino pensando en que iban a matar al “toro”, que se había ido a jugar al héroe. Conmigo iban otros seis, los demás estaban abajo y los disparos que escuchamos eran con ellos, seguramente.
Entre los que iban saliendo conmigo iban dos “ingresos” que el “toro” había reclutado hacía poco, Nelly, una niñita alocada que se acostaba sucesivamente con casi todos los de la unidad y Brayan, un muchachito de unos dieciséis, bastante renegado, que era poco más que una carga para todos. También iban “Chamuco”, el “diablo”, el “loco” y “tangas”, estos si ya veteranos, de esos que dicen que escupen balas y vomitan muertos, osea que bien podía estar tranquila porque había quien respondiera en caso de que nos salieran por arriba. Pero esos aparatos de guerra, esos mercenarios de película corrían más que yo, alejándose a toda velocidad del peligro y pronto nos quedamos solos Nelly, Brayan, Jacky y yo. Me decidí a lograr que ese par de niños salieran con vida de ese susto. No iba a ser fácil, ya Nelly gritaba y temblaba toda lívida y engarrotada y decía que no podía andar. Yo le dije que si no salía de ahí, pronto nos alcanzarían unos soldados que la iban a violar en masa hasta matarla. Empezó a correr otra vez. A Brayan solo había que ponerle el ojo encima y no descuidarse, no fuera a aprovechar para volarse. 
En ese momento, ya clareaba el alba y los soldados empezaron a avistarnos por el filo arriba. Pronto orientaron la ametralladora hacia nosotros y empezamos a sentir las ráfagas vibrando entre los pies. Uno de los tiros me voló la suela de una bota y esto me encalambró la pierna. Pensé que me habían dado, sentí el pie húmedo y pegajoso y creí que era sangre. Casi no podía caminar, empecé a renquear y Jacky me jalaba agazapadito agachando las orejas, como si supiera o pudiera entender que eso que chasqueaba transmitía la muerte a su paso. Anduve hasta un tronco grueso en el que podía camuflarme y ahí me quité la bota y revisé mi pie. Gracias a Dios no me había pasado nada y lo que mojaba mi pie era sudor nervioso, que es más denso y pegajoso que el sudor normal.
Volví a ponerme la bota y continué como pude, colgada de la correa de mi Jacky, que jalaba como un buey. Bastante más arriba nos alcanzó el “toro”. Me sentí aliviada de ver que no le había pasado nada. Le pregunté por los demás, me dijo que no habían querido levantarse temprano cuando él había ido a despertarlos y casi todos estaban aún acostados cuando los soldados empezaron a disparar, total que no podíamos saber qué había sido de ellos.
Al dejar el camino, llegamos a la parte más espesa del monte, ya escuchábamos las ráfagas lejanas pero no podíamos confiarnos, igual podían venir detrás nuestro, así que empezamos a romper monte en dirección al norte, haciendo un corte transversal a la montaña. Así avanzamos durante horas, callados, aterrados aún de lo que cerca que habíamos estado de la muerte, al menos yo me sentía agradecida con Dios porque seguía viva. Dios, que había sido un referente lejano de un mundo de fantasía había vuelto a ser una realidad tangible para mí. Empecé a entender mejor las cosas, mientras caminaba entre los árboles. Por eso el perro había chillado, porque los soldados lo habían pateado tal vez, por eso había venido a mí ansioso, tratando de avisarme del peligro… Dios obra de maneras misteriosas, había escuchado alguna vez. Y era cierto. Empezó a tomar fuerza en mi cabeza el hecho de que Dios quería algo conmigo.
Ya era mediodía cuando salimos a una casita perdida en una pequeña planicie en la montaña. Ahí vivían “los ratones”, una familia bastante pobre, a los que la unidad del “abuelo” les había matado una hija por volarse de la guerrilla. Bastante penoso fue verles la cara y tener que pedir que nos dejaran preparar alimentos en su cocina, ya que no podíamos arriesgarnos a hacer salir humo en pleno monte.
Ahí esperamos, descansamos y pudimos comer algo. Mientras, el “toro” intentaba comunicarse con el “llorón”, uno de los muchachos que tenía radio, sin obtener respuesta. Recordé a las otras dos mujeres de la unidad, la “tigra” y la “polla” que estaban entre los desaparecidos. Le pedí a Dios, en medio de mi renovada fe, que no pudieran capturarlas, que no las violaran, que nada malo pudiera sucederles, cosa que cumplió según pudimos constatar al día siguiente cuando las encontramos junto con el “llorón”. Durante dos semanas, no obstante, continuó la zozobra por los demás, que después supimos habían ido a parar a la unidad del “abuelo”. Todo ese tiempo no paré de rogarle a Dios que mis compañeros pudieran haber salido sanos y salvos, que estuvieran bien. Cuando volvimos a reunirnos, el susto de ese día fue motivo de alivio y risas, pues era prácticamente imposible que todos hubiéramos salido ilesos de semejante tiroteo. 
En ocasiones se me ocurre que todo sucede por una razón, que cada cosa que pasa tiene un lugar en el orden secuencial que constituye nuestro destino. Creo que cada vuelta que di en la vida tormentosa que he vivido me trajo a este momento, en el cual soy dueña de mi vida y estoy decidida a hacer de ella algo que valga la pena ser recordado. Y le doy gracias a Dios por estar viva para contarlo.

QUIJOTE

Contar como he conocido a Jonah, es cosa de otro mundo.  Parece de película, siempre me repito que esas cosas no pasan en la vida real. Pero mira que a mí me ha pasado y aunque trate de negar esta loca realidad, me palpita en la boca del estómago, su nombre florece en mis pupilas y me duele en todo el cuerpo. Creo que he venido a entender tarde como siempre, que el amor es algo que germina en cualquier circunstancia, como un virus, y no necesariamente debe ser restringido como una propiedad. Porque le amo. Sin conectarme el cerebro, quizás, con la cabeza floja y la piel erizada, le amo con cada célula de mi cuerpo a pesar de que nunca le he tocado. Dios, esto me está volviendo loca. Me duele quererle pero ese mismo dolor me llena de alegría porque sé que gracias a él estoy más viva.
A Jonah lo conocí por accidente, pero creo que ha sido cosa del destino, que ha conspirado tejiendo una maraña invisible que poco a poco nos acercó. Es español y le encontré en una web de autoayuda para afectados por el TLP y el trastorno bipolar, adonde entré buscando orientación en los días en que supe de mi enfermedad. Tiene TLP como yo, es un ángel caído, frágil y torturado, en medio de un mundo que no le comprende como tampoco a mí. Era moderador en la web y desde el primer momento en que me contacté con él sentí que había una conexión entre los dos, un vínculo eterno que ni el tiempo ni el espacio podrían nunca limitar. En los meses sucesivos, cuando tenía una angustia, una depresión, o una alegría muy grande, entraba a la web, le buscaba y chateaba con él, hasta que se fue haciendo parte de mi vida, como una sombra amable que siempre estaba ahí para mí. Era mi amigo, casi mi hermano y eso ha sido desde que le encontré. Su vida anterior para mí es un misterio, sé que tiene tres hijos adolescentes o casi, pero hace tiempo vive solo. Ignoro si tiene hermanos, hermanas, madre o padre, ahora que lo pienso, como reza el poema de Benedetti: “…he visto la tristeza de tu casa vista desde el frente, el llamador de tu tristeza, los postigos de tu tristeza…” Y sin embargo, no hay nada más concreto en mi vida que esto que siento por él, que este volcán que me tortura las entrañas cuando está aporreando el teclado para hablar conmigo.
Hace unos meses, los administradores de la web decidieron cerrar la página, porque tenían que seguir con su vida y consideraron que esa ya era una etapa quemada. Sin embargo, después de la zozobra de los primeros días, logré reencontrarme con Jonah en las redes sociales y seguimos chateando. Su invisible compañía ha sido un potente aliciente para mí. En diciembre me avisó que se iba a peregrinar al Chaco, porque había decidido dejar su vida atrás y comenzar de cero. Le admiré mucho más, ya que tomar semejante decisión a los 40 y tantos años no es nada fácil: dejar la comodidad del terreno conocido, para aventurarse a un país lejano, tal vez inhóspito y encima de todo rodar como peregrino por los caminos… Creo que se necesitan muchos huevos para decidirse a hacerlo, o tener los cables zafados. Ahora que le conozco un poco más, creo que el Jonah tiene un poco de los dos, está más zafado que yo y tiene unos huevos de concurso.
A lo largo de su travesía, sus fotos me contaban cómo era ese mundo lejano que siempre soñé recorrer, viajé en su mirada por veredas, posadas y templos a lo largo del camino de Resistencia. Por ese entonces no hablábamos mucho, ya que sólo se conectaba en las noches por ratitos para subir las fotos. Me había prometido a mí misma ser su Sancho Panza, una leal escudera a pesar del abismo que la distancia y el tiempo habían abierto entre los dos.
Pero pronto cambiarían las cosas y mi amigo Jonah pasaría a ejercer una influencia impensable en mi vida, de una manera que aún no me explico. Una noche cualquiera chateábamos, mientras se me acercaba la medianoche y a él le amanecía en su albergue. Como de costumbre, jugábamos a flirtear un poco, toreándonos con palabras y luego retrocediendo, evadiéndonos y cambiando el tema, riéndonos, cuando de repente la conversación comenzó a subir de tono vertiginosamente, a cada palabra incitante, yo respondía con otra aún más y empecé a sentir cómo un calorcito delicioso me cosquilleaba en el estómago y bajaba raudo a mi entrepierna. Me erizaba a cada frase suya, cerré los ojos y me imaginé haciéndole el amor de una manera tan tierna y dulce pero tan voraz, que me asusté.
A partir de ese día, cada vez que chateo con él tiemblo, me erizo, me sonrojo, respiro entrecortado y veo cerca el paraíso y el infierno. Hacemos el amor con palabras, a la distancia, soñándonos al tiempo, él en su medianoche, yo en mi ocaso, con esa diferencia de tiempos y espacios que nos obliga a abrir un espacio etéreo en nuestros sueños. A veces me digo que puedo estar loca de deseo por un fantasma, que puede no ser cierto, ser una farsa. Pero veo en el fondo de sus ojos algo tan sincero y  real que me asusta pensar en la explosión que romperá mi mundo en dos el día que por fin pueda tocarle.
Hoy ha salido del albergue, a pesar de todos sus esfuerzos, se ha quedado sin un duro y tendrá que dormir bajo las estrellas. He llorado incansablemente por ese taciturno caballero andante que sin espada ni escudo, armado tan sólo de su férrea voluntad y la bondad de su corazón, ha viajado hasta allí para luchar contra el infortunio. Mañana le veré de nuevo, si es ventura, ya que muy decidida le estará aguardando detrás del teclado su Dulcinea del Toboso.

LA ÚLTIMA FUNCIÓN

En los últimos años hemos vivido con la abuela, o muy cerca de ella. He tenido que traerla por urgencias más de un par de veces. Pero no había vuelto a empeorar tanto. Hasta ahora. Es sábado en la noche y estoy esperando que nos atiendan. Su cuerpo exánime ya no puede más. En el último mes, parece haber dejado de luchar contra lo que sea que le está robando la vida. Parece que se ha resignado, que se ha entregado por fin a la muerte. Pero yo no lo había notado, apenas ahora, que puedo palpar la forma de sus huesos cuando la abrazo. Hace días no comía bien, pero no pensé que estuviera tan delgada. Me asusta pensar que quizás esta sea la última vez que tengo que correr con ella a una clínica. Me aterra pensar que quizás ya no va a estar para mí nunca más. Ella es mi hogar, mi polo a tierra, mi lugar en el mundo. Sin ella, yo estaría a la deriva, perdida sin saber qué hacer. La abrazo fuerte. Acaricio su rostro. Le digo que la amo. Ella, en medio de sus dolores me sonríe como puede. Se que también me ama aunque ya no pueda decirlo.

FÉNIX

Volví a vivir un martes a eso de las cinco de la mañana, a la puerta de la casa de mi abuela, la casa donde pasé mi infancia, la única que pude haber llamado hogar alguna vez... Estuve muerta para el mundo, para mi familia y para mí misma durante 11 años y medio, pero ése es fique de otro costal...  Volver a la vida no fue fácil. Atravesé casi la mitad del país, corriendo en ocasiones y en otras avanzando sigilosamente para no ser vista, pero no estaba sola, y desde entonces nunca he vuelto a estarlo...Traía conmigo a Leonel, mi compañero, mi amante, mi amigo, y a Freddy Santiago, un hermoso angelito que mes y medio antes había bajado del cielo a darle sentido a mi existencia. Sobrevivimos a la guerra, atravesamos el infierno para poder estar juntos, ¿qué más puedo decir?
Apenas un año y medio antes, en las cabeceras del río Saldaña, sur del Tolima, sobreviví a un bombardeo. Al menos tres de las bombas de doscientos cincuenta kilos cayeron a menos de cinco metros del lugar donde dormía, la “caleta”, como se llama en la selva a estas rústicas camas de tierra y colchón de hojas. Era la una de la mañana y me despertó un zumbido aterrador. Describir el horror que eso implica es imposible, sólo puedo decir que una convulsión me sacudió el estómago, y una corriente fría me recorría el cuerpo mientras intentaba comprender por qué todo estallaba a mi alrededor. En una escena dantesca, hermosa y terrible, las llamas se agitaban en la oscuridad de la selva, los proyectiles zumbaban en el aire y las bombas rugían al caer... mil libélulas rojas volaban en cámara lenta hacia mí, y en algún momento me sentí tentada a estirar la mano para tocarlas; suerte que no lo hice, después supe que eran esquirlas y me habrían mutilado. Lo que más me impresionó fue saber que la Reina había muerto.
La Reina era una niña de dieciséis años, hermosa como un sol, que andaba con nosotros hacía menos de dos meses. Nunca entendí que podía motivar a estas niñas, a estos niños, a jugar a la guerra, a buscar de tal manera la muerte. Mi caso fue distinto, yo me fui decidida a morir porque estaba hastiada de la vida, de una vida que carecía por completo de significado para mí y pensé morir por alguna razón distinta a mi aburrimiento. Diez años después, la muerte de la Reina me cambió la vida; la semana que duramos huyendo del ejército, arrastrando a los heridos en camillas por el río, mojados, con hambre, con sueño, fui acariciando la certeza de que debía escapar, ir a casa, dejar de ser un cuerpo anónimo entre un uniforme prestado, y volver a ser yo misma.
Unos días después conocí a Leonel y un par de meses después estaba embarazada... Mi deseo de vivir era tal, que ya me alcanzaba vida para contagiarla. Ocultamos mi embarazo lo mejor posible durante cuatro meses; para entonces, mis mareos y vómitos habían despertado tal suspicacia en el “Toro”, comandante de la unidad, mi exmarido, que tuve que confesarle mi estado. A lo cual el propuso a los jefes superiores que me practicaran un aborto. Pero estábamos en medio del páramo y se venía encima un operativo. Los jefes decidieron entonces que, ante la imposibilidad de conseguir un médico en esas lejanías para “hacer el procedimiento”, podían dejar vivir al bebé, así que me dejaron en una finca cercana para que esperara allí los meses que me faltaban para dar a luz. 
Freddy nació por cesárea a nueve horas en ambulancia del lugar donde pasé mi embarazo, el doctor del puesto de salud debió remitirme hasta allí ya que era el hospital de tercer nivel más cercano. Estando tan lejos, pensé no volver, pero saber que Leonel nunca vería a su hijo me partía el alma, así que regresé por él. Cuando Freddy tenía un mes y medio, me permitieron subir cerca del campamento para que él pudiera vernos y esa noche lo convencí de huir. 
Partimos en la más completa oscuridad, a la una de la mañana: era noche cerrada, sin luna, lo que permitió que nadie lo notara. Durante cinco eternas horas corrimos bordeando precipicios y riachuelos, con el terror mordiéndonos los talones. Llegamos a la trocha a las seis y nos escondimos hasta las siete, a ésa hora nos subimos a un campero, que nos llevó al caserío. Habíamos pasado lo más difícil, de ahí ya podíamos seguir en carro. Viajamos todo el día evitando los terminales y las avenidas para no ser notados: le temíamos a la guerrilla, a los paras, al ejército, a  nuestra propia sombra. Al amanecer llegamos a casa de mi abuela, abracé con fuerza a mi bebé, le apreté la mano a Leonel, y le dije en un susurro: “Estamos vivos, somos libres. He vuelto a casa...Gracias, Dios mío”.