Oihane Amenabar

Me llamo Oihane Amenabar, nací el 8/11/1990 en Azpeitia, Guipúzcoa aunque actualmente resido en Salamanca porque estoy estudiando Filología Hispánica en la Universidad de Salamanca. Siempre me ha apasionado la literatura, así como me gusta leer, me gusta también escribir. Suelo escribir cuentos negros pero también de temática social.

Enmascarados

“Nos complace informarle de que ha sido invitado a una fiesta de disfraces cuyo único requisito es llevar una máscara”
Releyó la invitación cinco veces. ¿Cómo era posible que solamente él tuviera puesta una máscara? No tardó en comprenderlo.
Caminando entre los distinguidos invitados, recibió halagos de todo tipo sobre su elegante antifaz, lo bien que le sentaba, lo especial que era, la suerte que tenía de poder contar con uno así.
Miles de elogios más tarde, a causa del calor que le producía, decidió quitarse la careta. Al instante se le acercó una mujer para decirle lo ridícula que era la máscara que llevaba el “pobre imbécil”, un hombre le dijo que no entendía cómo dejaron entrar a alguien con semejante pinta.
No daba crédito, todos aquellos que segundos antes alabaron su máscara ahora se dedicaban a insultarle sin saber que era el mismo.
Entonces lo supo. Todos los presentes llevaban máscara, pero ninguno se la podía quitar.

Cuento de Navidad

- Mamá, ¿cuándo vendrá papá?
- Pronto cariño, no tardará en llegar.
María miró el sillón vació que en su día su marido ocupó. No pudo evitar pensar en su recuerdo, y en el legado que dejó a través de su hija, quién heredó sus ojos, aquellos ojos de color del cielo tormentoso en una noche de verano.
Gloria seguía decorando el árbol de navidad, colocando los zapatos de su padre. Sabía que le tendría que decir la verdad en algún momento, pero nunca encontraba el adecuado. Cuando las dos estaban compartiendo un tiempo precioso con alguna actividad alegre y conciliadora, no quería romper ese clima mágico destruyendo los sueños y las ilusiones de su niña de 8 años. Por eso, la Navidad que siguió a la muerte de su esposo, decidió contarle un cuento:
“Sabes, cielo, existe un pueblo llamado Nevadito, donde trabajan duro todo el año fabricando toda la nieve que cae en todo el mundo. Pero, el invierno pasado, se quedaron sin nieve, y no sabían como hacer más. Pidieron ayuda a todos aquellos valientes padres para ayudarles a encontrar una solución. Papá se puso muy triste porque tú no podías jugar con la nieve. Por eso, se encerró en su despacho día y noche hasta que inventó una máquina que solucionó el problema. Llamó a Nevadito, y le pidieron que fuera a llevar la máquina. Pero había un problema. Solo él la podía hacer funcionar. Entonces, dijo “me quedaré a vivir aquí para siempre, porque así mi hija será feliz jugando con la nieve cada invierno”. Así que, cada vez que veas caer los copos de nieve, piensa que papá está detrás.”
- ¡Mamá! ¡Mamá! ¡Viene papá! ¡Ven, rápido!
María se acercó a la ventana donde se encontraba Gloria, y con lágrimas en los ojos y una amplia sonrisa, vio pequeñas motas blancas caer del cielo, desde donde él las veía y las cuidaba todos los días.

El criadero

I
- Ya no hay vuelta atrás.
Me lo repetí por enésima vez, al ver ese líquido oscuro escurrirse entre mis dedos. Para que lo pueda entender, he de recordar lo que pasó en las últimas veinticuatro horas…
Beep. Beep. Beep.
El despertador sonó obediente a las siete, secuestrándome del dulce regalo del sueño. El tacto del frío suelo bajo mis pies no hizo sino empeorar la búsqueda de las pantuflas en su escondite favorito, bajo la cama. El impacto de las primeras gotas de agua fría en la cara me animó a abrir del todo los ojos ante el grandioso día que me esperaba; basta ya de mentiras, pensé. Afróntalo como lo que eres, un hombre.
Media hora más tarde, cuando estaba abstraído con el goteo de la cafetera, sonó el teléfono. Mala señal.
- ¿Diga?
- Hola, soy Marta. Tienes que hacerme un favor.
- ¿A estas horas de la mañana? Más vale que sea urgente.
- Vamos, deja de gruñir. ¿Puedes ir a recoger a Nico a las dos? Tengo una reunión y no volveré hasta la noche.
- Está bien, pero me debes una.
- Sí, claro… Bueno, me tengo que ir. Gracias.
 II
La carretera estaba atestada de otros pobres vástagos que como yo, acudían somnolientos a sus respectivas cárceles. Parecíamos un rebaño de ovejas, abordando con paciencia el atasco, pero también temerosos; temerosos de la fiera furia que se nos avecinaría de llegar tarde. Es curioso que no valoremos el tiempo cuando lo tenemos de sobra, y sin embargo lo deseemos ansiosamente cuando carecemos de él.
Al llegar a la oficina, vi las mismas caras de los camaradas saludándome como si de robots se trataran; miradas vacías, movimientos autómatas, susurros por todos lados. Me dirigí hacia mi celda compuesta por tres paredes, dos de ellas compartidas. Dejé la chaqueta colgada en el extintor de la pared, inútil por otro lado, pues no era capaz de acabar con el fuego que acechaba por aquellas oficinas. Y como si hubiese invocado al diablo, allí apareció él, con su barba recién cortada, pelo perfectamente peinado, traje italiano y con la misma avaricia y soberbia en el semblante, imposible de ocultar por muchas máscaras que se pusiera encima.
- García, hoy ha llegado tarde. No me lo diga. El tráfico, ¿verdad? En fin, necesito el informe de los presupuestos, y lo necesito para ayer. ¿Entendido?
Pues a trabajar, que para eso te pago.
- Si, jefe.
-García, le tengo dicho que no me llame jefe.
- Disculpe, señor Dueño.
Tres horas de monótonos quehaceres después, llegó por fin el descanso para el café. Quince minutos de respiro, de desahogo. Me dirigí a la máquina, y con el vasito de plástico y el cigarrillo salí afuera a respirar aire fresco. Desde la azotea del edificio, pude ver mejor el hormigueo de las calles, gente caminando de un lado a otro sin parar, sin hablar, sin siquiera pestañear, para no perder ni un minuto de sus vidas viviendo a contrarreloj, luchando contra el tiempo, como si pudieran vencerle.
El reloj me avisó de que el descanso se me había acabado, por lo que volví a meterme en esa prisión calurosa a acabar con la jornada establecida.
III
Con caras felices y llenos de vitalidad, salimos de la oficina en fila india como si fuéramos chiquillos. Me disponía a ir a mi casa, sentarme junto a una cerveza y rica comida prefabricada, cuando me acordé de que debía ir a la escuela a por el niño.
A cinco minutos de las dos, estábamos reunidos allí un grupo de padres a la espera de que salieran nuestros pollitos del corral. La importancia de la educación se reflejaba en el patio, sin ir más lejos; columpios que chirrían, canastas sin red, toboganes oxidados… y así una lista interminable de tesoros antiguos al alcance de la generación del futuro. El timbre retumbó por todo el recinto escolar, y como perros cazadores, estiramos al unísono los cuellos para encontrar cada uno a su renacuajo entre la manada. Tan pronto las puertas se abrieron, los niños salieron en estampida, como si huyeran de algún animal feroz que trataba de atraparlos.
Mientras observaba todas aquellas caras sonrojadas, noté que algo me tiraba del abrigo. Miré abajo y me encontré con una mirada de sobra conocida.
- ¿Y mamá?
- Mamá tenía que trabajar hasta tarde, por eso me ha pedido que venga. Vamos, que tienes que estar hambriento. ¿Qué tal el cole? ¿Qué habéis aprendido hoy?
- La profe nos ha dado una lección muy importante, no desobedecer nunca. David no hizo los deberes y le castigó con más deberes. Luego dijo que nos había enseñado una lección muy valiosa.
- ¿Y tú estás de acuerdo con lo que dijo la profesora?
- Si no estoy de acuerdo con ella, me castigará. Pero yo hice los deberes. Siempre los hago.
- Si alguna vez no estás de acuerdo con lo que te diga la profesora, recuerda ser tú mismo y decírselo con respeto, ¿de acuerdo, campeón?
IV
Paramos en el supermercado a comprar comida saludable para un niño. En la entrada de la misma, había un mendigo vestido con harapos pidiendo limosna. Su mirada y la del niño se entrecruzaron, creí percibir un destello en los ojos del chaval. Cuando estábamos en la sección de los congelados, le pregunté qué le rondaba por la cabeza, pues bien era eso o tenía especial interés en los lomos de merluza congelados al que estaba mirando fijamente.
- Ese hombre que estaba ahí fuera, ¿vive en el supermercado?
- No hijo, no tiene casa, por eso está ahí, para pedir ayuda a los demás.
- Pero si todos los que entran y salen le ayudaran, no tendría que pedir más, ¿no?
- Eso también es verdad. Pero mucha gente no quiere o no puede ayudar, y es una decisión que hay que respetar.
- Pero si debemos ayudar a un hombre sin casa, y no lo hacemos, ¿no estamos desobedeciendo?
- ¿Desobedeciendo a quién?
- A nosotros mismos.
- Y qué solución propones, ¿castigarnos a nosotros mismos?
- Es una solución. O también podríamos ayudar y así no nos castigaríamos después.
- Eres un chico listo, demasiado quizás.
Le pasé la mano por la cabeza, y el chico sonrió en un gesto triunfal. Le enorgullecían los cumplidos de sobre manera, pero él también sabía que era un chico muy especial. Para sus 6 años, muchos de sus pensamientos eran los de un adulto, e incluso los que un adulto nunca tendría en su vida. Sin embargo, aquella inocencia que embargaba a Nico y a los niños en general, nunca desaparecería a no ser que tomasen medidas. Y yo me iba a encargar de eso.
- ¿Quieres comer algo más?
- Sí, una barra de pan.
- Pero si ya hemos cogido una.
- Es para el señor sin casa.
Una lágrima amenazaba con salir triunfante de mis ojos, pero me contuve tanto, que mi vulnerabilidad quedó reducida a cenizas una vez más. Con la satisfacción de haber hecho lo correcto con respecto al señor sin casa, Nico no podía ocultar su emoción, hasta me cogió la mano de camino al coche.
V
Otra vez en el coche de camino, el niño fue sumido en sus pensamientos. Era curioso y pensativo, pensé, justo como su padre. Eran pocas las veces que pasábamos tanto tiempo juntos, por órdenes de los superiores.
Una vez en el portal, vimos a la señora Hernández, una amable anciana cuya única compañía solían ser sus gatos. Le dio un par de caramelos a Nico, y nos metimos en el ascensor con el vecino del primero, quién siempre estaba acompañado de niños pues les enseñaba a tocar el piano. El hombre, tuvo la amabilidad de insonorizar su casa, para no causar molestias al resto de los vecinos. Todo un detalle.
Cuando entramos por la puerta del apartamento, Nico se dirigió a ese rincón del salón donde le esperaban todos sus juguetes, ansiosos por ser usados, deseosos de llevarle al ilustrativo mundo de la imaginación. Le preparé su comida favorita, puse las noticias y nos dispusimos a comer.
Un atentado en Asia, juicios interminables contra altos cargos, pero nos quedamos atónitos al ver las imágenes de una secta donde se había intentado llevar a cabo un suicidio colectivo entre un centenar de fieles. Nico frunció el ceño y acto seguido me miró con expresión interrogante.
- ¿Por qué han intentado matarse?
- Porque un hombre les dijo que lo hicieran.
- Y ¿por qué deciden confiar en él para hacer algo tan malo?
- Porque ellos no saben que es malo. Piensan que es algo bueno. Es lo que él les ha dicho.
- Entonces, no siempre hay que ser obediente, porque algunas veces te haces daño.
- Veo que ya lo vas entendiendo. Vamos a poner dibujos, ¿de acuerdo?
A veces se me olvidaba que era tan solo un niño, cometiendo el error de tratarlo como a un adulto. Pero no lo podía evitar, no le podía mentir a aquel chico, no podía permitir que viviera en un mundo de mentiras. Ya lo descubriría él mismo con el paso del tiempo; y con suerte, sería lo suficientemente fuerte como para hacer frente a esa realidad tan hostil al que llamamos vida.
Entre combate y combate animado, limpié la cocina y recogí los juguetes. Me senté en el sofá con él y observé ensimismado cómo explotaban cabezas. Cuando acabó el programa infantil, le pregunté qué quería hacer.
- Ayer vi en la tele cómo unos chicos hacían que la botella de cola hiciera mucha espuma. Me gustó mucho porque parecía un volcán.
- Ya, como un volcán en erupción. Pero sabes, que una vez hecho, no hay manera de beber la cola porque todo es espuma, ¿verdad?
- ¿Quieres decir que una vez hecho no hay vuelta atrás?
- Efectivamente, veo que aprendes rápido colega. Ve a por la cola.
Sabía que era una mala idea. Sabía que me pringaría todo el suelo del apartamento. Sabía que olería a cola toda la semana. Aun así, lo hicimos. Yo sujeté la botella y él echó los caramelos mentolados; así fue como comenzó la revolución.
Asombrados como estábamos viendo el resultado del experimento, el ascenso de la sustancia compuesta por miles de burbujas unidas, sonó el timbre. Se acabó la diversión.
Me levanté, y le abrí la puerta.
VI
Nico corrió a los brazos de su madre, como si no la hubiera visto hace décadas. Le dio un beso, se despidió de mí con la mano, y se fueron.
Me quedé mirando la puerta unos minutos, con la vana esperanza de que volvieran a entrar por esa puerta y fuéramos una familia de nuevo. Con un meneo de la cabeza, me sacudí los pensamientos negativos que no me hacían ningún bien; cogí una bayeta, y empecé a limpiar el suelo.
- Ya no hay vuelta atrás.
Una y otra vez el mismo pensamiento mientras veía el líquido marrón oscuro escurrirse entre mis dedos. Lo hecho está hecho, las acciones pasadas definen el futuro; el presente solo existe para lamentar no haber hecho algo distinto para cambiar el destino. Solo nosotros decidimos nuestro destino. Y debemos vivir con las consecuencias de esas decisiones.

Regalos Inesperados

Toc toc toc
–¡Voy!
–Mami, abro yo.
Sentó a sus muñecos sobre la mesa y fue dando saltitos hasta el banquito. Lo apoyó bajó la mirilla se subió y estiró el cuello para poder mirar a través del agujerito mágico.
–¡Es papá! ¡Ha venido papá! - exclamó con alegria girando el pomo. Flexionó las rodillas
dispuesta a saltar a sus brazos y llenarle de besos, pero llegó su madre y la agarró con delicadeza del hombro trayéndola hacia si.
–Menuda sorpresa, David. No te esperábamos. ¿A qué debemos el honor? - no entendía
Laurita porqué estaba enfadada su madre. Las sorpresas siempre eran buenas, como en la fiesta sorpresa que le prepararon por su sexto cumpleaños o aquella vez papá le regaló gafas de sol a mamá, hasta lloró de alegria y todo. Le gustó tanto ese regalo que las estrenó a la mañana siguiente y no se las quito durante tres días, ni siquiera cuando cocinaba y se le empañaban los cristales con el calor del fuego.
–Qué pasa, ¿que no puedo ver a mi princesa?
–Sí que puedes, pero ya conoces los términos. No deberías estar aquí, la orden...
–La orden no es más que un trozo de papel. No me impide traerle una cosita a Laurita...
–¿Me has traído un regalo papi? - preguntó la niña con los ojos abiertos.
–Pues no sé, quizás... - sacó la mano de detrás de la espalda y le dió una bolsa. - Si no la quieres, la puedo devolver... - le dijo con mirada traviesa.
–¡Sí! ¡Sí la quiero! ¡Dámelo papi! - agarró con fuerza la bolsa con sus pequeñas manos y se puso de cuclillas para darle un beso a su padre. Retiró con avidez el envoltorio y descubrió un reproductor de música y unos auriculares. - ¡Gracias papi!
–No tenías por qué hacerlo, David. Es muy pequeña para tener un reproductor, ¿no crees?
–Oh, María, el regalo no es solo para ella, lo es también para mí. Cielo, ¿por qué no te pones los cascos y escuchas todas las canciones? Pero asegúrate de subir el volumen, que mami y yo vamos a hablar de cosas aburridas.
Laurita se acercó a la mesa y cogió a sus muñecos. Se sentó en su esquina preferida de cara a la pared y se dispuso a escuchar música. Tuvo que subir el volumen un par de veces porque oía a sus padres hablar, ¿o estaban gritando? No lo sabía, estaba demasiado distraída para prestarles atención a ellos o a la sombra que se reflejaba en la pared.
Si hubiera observado aquellas siluetas negras, habría visto que su padre le entregaba una carta a su madre, ¿o se la tiraba? Daba igual, porque se pusieron a bailar abrazados dando vueltas hasta que María se apoyó en la pared, momento que David aprovechó par acariciarle el cuello con tanta ternura que consiguió que ella se derritiera literalmente, porque acabó tumbada en el suelo dormida, cansada de tanto bailoteo.
Cogió de la mano a Laurita, y padre e hija se alejaron de la casa cantando las canciones que la niña escuchaba.

Un tipo corriente

–Buenos días.
–Buenos días, Javi. - respondió al camarero del bar que había delante de su banco.
Sentado con su vaso de café delante, dedicó el día a observar a la gente.
Por la mañana, vio como una niña cogida de la mano de su madre, caminaba feliz a la escuela. Cuando pasaron delante de él, se soltó durante un breve momento para decirle adiós al señor del banco, antes de que su madre tirara de ella para sí con miedo y la desaprobación se reflejara en su cara.
A primera hora de la tarde, un joven estudiante se apresuraba por la calle con semblante serio y preocupado. Parecía que ni la música que escuchaba a través de los auriculares le distraían de sus problemas. Aun así, sacó un minuto para charlar brevemente con el hombre del banco y ayudarle en  todo lo que pudo a pesar de su escasez de recursos.
Cuando el sol se escondió y las farolas se encendieron, antes de acabar su turno el camarero salió a la fría calle e invitó al amigo del banco a cenar. Como casi todas las noches, lo tuvieron que hacer a escondidas de su jefe. En anteriores ocasiones, tuvieron más de un altercado por ese mismo hecho y acababa echándole de malas maneras de su bar.
Una vez acabada su jornada y ya en casa, metió la recaudación en la hucha, cogió un boli y abrió el diario en su última página para escribir sus reflexiones a su mujer.
Querida Julia: Un día más sin ti, un día más luchando por tu causa. Cada vez me queda menos
para poder costear tu despedida, esa que tanto te mereces y no pude darte, aunque me prometí
que lo haría, y sabes que siempre cumplo mi palabra.
Cualquier detalle me evoca tu imagen. Hoy, sin ir más lejos, me senté en nuestro banco. Sí, ese banco en el que pasamos las horas charlando, riendo, recordando el pasado. Ese banco se convirtió en nuestro aliado desde nuestra jubilación, y sigue siendo el mío desde que me dejaste.
Es ahí donde puedo observar sin ser visto, donde puedo pensar sin ser molestado. La verdad, es que hoy llegué a la conclusión de que a medida que crecemos, perdemos la inocencia al mismo tiempo que ganamos en soberbia. Si fuéramos todos tan valientes como tú y no dejáramos que la oscuridad de la vida nos perturbara, no hay duda de que este mundo sería un lugar un poquito más feliz.
Pese al abismo que se cierne entre nosotros, te siento más cerca que nunca, pues todo lo que aprendí de ti nunca lo podré olvidar.
Te amo, y te amaré  siempre.
César.

Valientes cobardes

Atravesando las nubes con la capa ondeando a sus espaldas, el superhéroe llevaba a cabo su rutina diaria surcando los cielos antes de aterrizas en la azotea de su rascacielos favorito.
Con los brazos puestos en jarras, echó un vistazo a la ciudad en calma. Sus sentidos se activaron ante tanta quietud, las peores batallas se libraban en silencio.
Aguzó el oído intentando captar un sonido lejano pero alarmante. El llanto de un niño. No dudó un segundo en alzar el vuelo y acudir en su ayuda.
Al tiempo que se iba acercando al lugar de donde provenía el grito de socorro, supo adónde se dirigía exactamente. No era la primera vez que acudía allí, ni iba a ser la última, por desgracia.
Inmóvil encima del patio del colegio, miró atentamente al joven que golpeaba y humillaba al chiquillo.
Descendió de inmediato postrándose detrás del chico mayor, le dio unas palmaditas en el hombro y cuando se giró para mirar quién le estaba molestando en su juego con su cobaya, su rostro palideció al instante.
El superhéroe, sin dudarlo, agarró al muchacho de dos metros y lo arrojó a una esquina donde quedó agazapado y confuso. Aun aturdido, se incorporó como pudo y salió huyendo como alma que lleva el diablo, sin saber que el diablo era él mismo.
Desde el suelo, el niño con la boca abierta de admiración, no articuló una palabra, pues tal era su sorpresa que había enmudecido. El hombre se agachó y le ayudó a levantarse.
Una vez el chico de apenas metro y medio se recompuso del maltrato al que había sido sometido, el señor héroe le hizo prometer que nunca más permitiría que un "matón" abusase de él, que no les odiara por hacer lo que hacían sino que les tuviese lástima porque en el fondo no eran más que unos cobardes.
Sonriendo, asintió la cabeza satisfactoriamente y vio como su salvador regresaba a su puesto de control.
- Cariño, levántate, que vas a llegar tarde al cole.
Pablo se aferró a su muñeco de Superman con fuerza antes de abrir tímidamente los ojos a la cruel realidad. Pero aquel día sería diferente. Él se sentía diferente. Había hecho una promesa y pensaba cumplirla.