Teresa Oteo Iglesias

Esta autora nació en Madrid el 18 de septiembre de 1970. Cursó sus estudios de Filología Inglesa y Magisterio en la Universidad Complutense de Madrid y actualmente trabaja como maestra en un centro público de esta Comunidad.

Casada, con dos hijos de 6 y 12 años y amante de la literatura desde la infancia, Teresa empezó a escribir como una necesidad personal de expresión y de compartir. Es alumna del Taller literario “El desván de la memoria” dirigido por Ramón Alcaraz y algunos de sus micros han sido publicados en portales literarios como Canal Literatura y revistas virtuales, también ha colaborado en distintos proyectos literarios con participaciones on line.

Sus escritos se pueden leer en su blog:

http:// puntosuspensivos-teriri.blogspot.com

Actualmente trabaja en una recopilación de microrrelatos y en un proyecto que espero se convierta en su primera novela.

 

Mi musa

Llegué a Mikonos en busca de inspiración. No es que las musas se hubieran olvidado de mí, la vida me despojó de ellas de un plumazo y sin avisar.

Cada día la misma rutina: el despertador a las seis de la mañana, footing por la playa y tras una relajante ducha y un delicioso desayuno en la terraza me enfrentaba a mi Mac que parecía retarme sarcástico: “¿qué… hoy también vamos a guardar un documento en blanco?”

Llevo dos horas mirando la pantalla, tengo los ojos secos y mi mente divaga en un oscuro vacío existencial. Necesito un café; cualquier excusa es buena para acariciar tu taza… la compramos en nuestra luna de miel en Verona ¿te acuerdas?, desde ese día no me separo de ella.

Salíamos de aquella pequeña tienda de souvenirs cuando un coche sin frenos se cruzó en nuestro camino arrebatándome en segundos lo único valioso que poseía: tu amor y mi inspiración.

 

Lo trajo la lluvia

Hace días que no para de llover. Estamos en abril, lo sé, pero necesito algún trozo de cielo añil, algún rayo de esperanza al que aferrarme.

Sobre la mesa, un folio en blanco; sentado ante él, un hombre desesperado en busca de las palabras adecuadas.

Miro por la ventana. Tras los cristales solo oscuridad, la misma oscuridad que me envuelve y no me deja ver más allá. Apenas pasa nadie por la calle, los que salen deambulan rápido bajo sus paraguas sin detenerse, siguen su curso, como los ríos, como la vida. El sonido de la lluvia al caer me martillea la cabeza, no lo soporto más…; necesito parar, necesito que mi cauce llegue al mar, necesito descansar...

Continúa lloviendo, de pronto un deslumbrante arcoiris surcó el cielo. El sol se abría paso a dentelladas a través de la espesa cortina de agua.

En ese momento, el timbre del teléfono me sacó de mi ensimismamiento, era del hospital: “su hijo ha salido del coma”, me dijeron.

Mis lágrimas empaparon aquel papel en blanco que estaba destinado a ser una triste nota de despedida, y acabó siendo la dedicatoria de mi primera novela:Para Hugo, que me lo trajo la lluvia…

 

900ºC

¡Odio este calor! Si hace un rato estaba congelada, apenas podía gesticular, tenía la cara tensa, estirada, como si se me hubiera olvidado aclararme los restos de la mascarilla,  la sonrisa petrificada y dos estalactitas colgando de los orificios de mi nariz, los pies helados ¡cómo echaba de menos mis calcetines de lana!

Y, de repente, este sofocón. Algo extraño debe de haber ocurrido, alguna avería en  el aire acondicionado o lo han puesto en modo calefacción sin darse cuenta; tengo que avisar al técnico para que lo miren, ¡esto no hay quien lo aguante…! Porque ¿en qué mes estamos? Mi alhzeimer avanza peligrosamente, tengo que volver al neurólogo, aunque ya sé lo que me va a decir, no hay marcha atrás; con la memoria que yo tenía, que podía decirte la lista de los reyes godos del derecho y del revés y ahora no recuerdo ni mi nombre; yo creo que estamos en agosto, será la segunda quincena, estos cambios tan bruscos de temperatura son propios del final del verano, además recuerdo que hace poco que fue mi cumpleaños y cuando era niña siempre lo celebrábamos en la playa. ¡Qué triste hacerse vieja!

Si, por lo menos, pudiera alcanzar mi abanico, pero ni siquiera sé dónde puse el bolso… necesito beber un poco de agua.

¡Qué exageración! Esto no es normal,  ya no es pasar calor, esto es morirse… empiezo a oler a chamusquina, ¿se me nubla la vista o el cuarto se está llenando de humo?… ahora me viene a la cabeza la película esa de Paul Newman, la del incendio en el rascacielos… ¡Dios, qué rabia! tampoco soy capaz de recordar el título, pero era tan agobiante, hasta puedo ver las llamas…me estoy obsesionando.

Será mejor que me relaje e intente descansar.

-     En tres o cuatro horas pueden pasar a recoger sus cenizas– dijo amablemente el empleado de la funeraria.

 

Dueño de la noche

Amanece. Debo retirarme ya.  El sol y yo nunca hemos sido muy buenos amigos: diferencias irreconciliables. En la quietud de la noche comienza mi no existencia, la hora en la que me pongo mis mejores galas y salgo en busca de sangre fresca, de humanos a los que liberar de sus patéticas vidas mortales.

Tenía una familia: una mujer a la que adoraba y una hija preciosa; una oscura noche de luna nueva mi creadora se cruzó en mi camino y acabó con todo lo hermoso que poseía. Desde entonces solo me queda un cuerpo vacío, lívido… y un ataúd oculto en el sótano de un viejo caserón donde resguardarme durante el día.

Estaba dispuesto a exponerme al sol y a terminar de una vez por todas con mi no vida, demasiados años con la luna como única compañera, demasiado sufrimiento en la oscuridad…sin embargo, esa noche ocurrió algo con lo que no contaba: una criatura humana, apenas una niña, hermosa y delicada como una muñeca de porcelana; no quería hacerle daño pero pudo el instinto y mis colmillos se aferraron a su cuello saliendo de mi boca como si hubieran sido accionados por un resorte.

Ahora tengo a quien proteger, a quien enseñar, tengo un legado…y dos ataúdes en mi polvoriento sótano.

 

Un mundo hostil

Amanece, me levanto y me asomo a la ventana, descorro ligeramente el visillo con un movimiento casi imperceptible, lo suficiente para ver sin que me vean.

Un día más la ciudad empieza a cobrar vida; veo gente, mucha gente, caminan apresurados hacia sus trabajos. Veo un hombre con un traje gris; alto, guapo, para a comprar el periódico y sigue su camino, más adelante detiene un taxi y sale de mi campo visual.

Veo niños con mochilas de ruedas y caras de sueño tirando de la mano de sus madres, que no dejan de hablar por el móvil.

Veo una anciana que asoma por debajo de los cartones, donde ha dormido un día más.

Veo el autobús lleno de gente, el 52, tiene su parada justo enfrente de mi portal; bajan tres o cuatro personas con la mirada perdida abrochándose el abrigo. Hace frío, todavía está un poco oscuro, dudo que hoy brille el sol, demasiadas nubes en el cielo.

La vecina del tercero sube con el perro, es enfermera, trabaja de noche, se cruza en el portal con ese chico tan raro que ha alquilado el ático, apenas se saludan, una ligera inclinación de cabeza y un murmullo.

Es curioso, yo podría formar parte de ese mundo, convertirme en una jugadora más de la partida en lugar de ser una simple espectadora que observa a través de una ventana indiscreta y juega a adivinar la vida de los demás; pero el pánico me paraliza; a lo mejor algún día… si consigo reunir las fuerzas suficientes para abrir la puerta y salir al exterior.