Omar Garzón

Omar Iván Garzón Pinto nació en Bogotá, Colombia. Sus poemas han sido publicados en revistas y periódicos de Iberoamérica. Ha trabajado como profesor de Geografía en su ciudad natal y entre los años 2011 y 2012 se desempeñó como tallerista literario de la Fundación Andrés Barbosa Vivas (FUNDAVIVAS). Hace parte del consejo editorial de la naciente revista La cosa literaria. Ha publicado los libros Faro desnudo (Liga Latinoamericana de Artistas, Bogotá, 2011) y Flores para un ocaso (Liga Latinoamericana de Artistas, Bogotá, 2013).
Dirige el portal Farodesnudo.blogspot.com

MUJER

 

Tantas formas,

tantas luces,

tantos rostros,

tantas sombras

y, sin embargo,

la noche es fría

y solitaria.

Tantas ganas de ti.

 

 

 

EN TODA LA EXTENCIÓN

 

He desertado de ti, de tu cuerpo, de tu sonrisa, de tu respiro; de tu voz, de tu canto, de tu hombro descubierto; de tus manos y mis manos como una: infranqueable; De tu ojo derecho y de tu izquierdo; de tu nuca entre mis dedos, de tu sombra, de este mal, de este insomnio, de este puerto, por fin he desertado. He desertado del grito de los hombres, del chillido de los perros, del llamado vespertino de la muerte en cada calle, de la hambruna impregnada en cada vientre, de las sombras felinas en los techos, del cuchillo que cae a mis pies arrepentido, de nuevo, he desertado.

He desertado del sitio de la noche, del amigo sibarita que me abandonó en un cajero, del dolor de muela a falta de billete, de la inmunda saciedad de los banqueros, de sus barrigas y de los barriles de petróleo que a punta de misiles, de fuego y de metralla, harán de Bagdad una inmensa llamarada. De todo, de nada, he desertado.

He desertado del mundo para volver al abrigo de mi casa: repasar con mis yemas tus huellas en mis discos, tocar mi armónica como aquellas noches al abrigo de tu sombra enmarcada por la luz de la nevera, revisar mis letras que a veces son tu nombre y acostarme en esta cama que aún tiene tu aroma para después levantarme, tomar algunas cervezas y escribir en la ventana con la punta de mi dedo que hoy la noche es infinita y las estrellas brillan como nunca, pero no estas.

Esto es lo más parecido a estar ciego.

 

 

 

DE LA PALABRA

 

Maldita espera,

maldita intriga,

maldita incertidumbre.

Malditas mariposas

que metamorfosean

en úlceras,

en venas incineradas,

en huesos calcinados,

en esperas eternas,

en pasos cansados.

Maldito amor.

 

 

 

 

 

 

 

 

TE HABLA

 

Se acabó esta farsa. Ya no se pueden pintar pajaritos dorados y mariposas volando cuando basta un golpe de viento para acabarlos, cuando un pulso de manos es más que suficiente para deshacerlos. Ya no se puede soñar el cabello de una sirena ni, mucho menos, pretender tenerlo entre tus brazos cuando la marea te dice que solo eres otro hombre que divaga sentado en la arena. ¿Y qué decir de los versos que se escribieron con agua esperando a ser leídos? Pues nada, no decir nada y, desde luego, no hacer más. Los que están, que me esperen en una tumba que ya voy para allá. Por ahora trataré (no sé si en vano) de renunciar a todo lo que pienso, a todo lo que soy a todo lo que siento: al amor, a los recuerdos, a sus ojos brujos que enamoran; a mis deseos, a su aroma, a su voz, al viento que juega con su cabello y a todas esas cosas deliciosas y distantes que hacen daño.

A quién quiero engañar. Esto ya lo he vivido antes. No sé cuántas veces he muerto, no sé cuántas veces me han enterrado. Tampoco sirve de algo saberlo, siempre llego al mismo cuadro: seguiré siendo su lejano compañero, quizá el que la desea, el que la anhela, el que la pinta con la yema de los dedos en las tardes solitarias y dibuja su sonrisa en el paso ondulante de los ríos…

¡Se acabó esta farsa! Ya no puedo morir más. No soy un mugroso gato de cuento, solo soy un hombre que camina por la calle mientras llueve sin esperar nada de la vida, sólo pensando en ella, sólo tratando de ser feliz hasta mi próximo encuentro con la realidad, hasta mi próximo desaire a la muerte.

 

 

 

 

 

QUIEN UN DÍA SE HERMANÓ CON EL SILENCIO

 

1

Yo levanto tu rostro en los caminos que recorrimos juntos alguna vez y lo forjo como un árbol que se abre entre mis manos. Te descubro cada día en la sombra de ese mismo árbol y veo tus labios en cada una de sus hojas.

 

2

De tu boca, esa voz que revela el secreto de las olas cuando la brisa las penetra y el conjuro de las playas cuando danzan con el viento. Otra vez naces como una constelación revelada a un náufrago que trata de alcanzar el cielo nocturno en medio de la nada.

 

3

Lo que lo mata a uno es creer que se está en la punta de un peñasco escuchando tu voz cuando, en realidad, se está en medio de la solitaria inmensidad.

 

4

Con la paciencia del artesano, te retrato en cada verso. Te saco de las nubes y te hago brisa de alborada, te hago una con el pliegue de mis manos.

        

5

¿Cuántas veces me deshice de impaciencia porque mi sangre te llamaba y tú, como por obra de algún desfogue del deseo, salías de mis poemas y tocabas a la puerta? Tú, que estas hecha de cuanta puesta de Sol y amanecer se pasean por mi frente, de cuanto viento, cuanta brisa, cuanta letra se pasea entre mis hojas.

 

6

Estas tallada en cada gota de la lluvia, en el vuelo de los colibríes, en el secreto de las estaciones. A veces te deshaces como árbol en otoño y, de pronto, no te tengo y sólo huellas, sólo pasos en la niebla, sólo yo, quien te recita, quien te dice de memoria. Por mi boca los ríos saben tu nombre y también lo dicen, lo llevan por las calles, lo filtran en los puentes, en los parques, en los techos de las casas, en el salto del conejo, en las alas extendidas de las aves, en el pétalo de cada flor de los jardines y todo toma tu forma como fuego que danza en medio de la noche hasta que el viento, el humo, la brisa también te recitan muy despacio a cada estrella y llega otra vez el alba.

 

7

De la lluvia vienes, hacia la lluvia vas y yo trato de alcanzarte.

Abro los brazos y miro al cielo: De nuevo estoy empapado de agua, de ti.

 

8

Bajo la mirada y te encuentro en el espejo de mi sombra.

 

9

Esto no es amor. Tal vez es el deseo por aquellas cosas a las que uno se aferra tratando de salvarse, pero no es amor. Simplemente estoy tratando de encontrar tu rostro para encontrar el mío.

 

 

 

 

 

ENTRE BAMBÚES…

 

Yo te escribo en las hojas, en las calles, en el viento, en las huellas de los gatos, en la ruta de las nubes, en la forma de las aguas, en el diminuto mundo  que se encierra en cada charco, en las grietas del tiempo, en las paredes de una iglesia y en las hostias del domingo; en las aletas de un pez globo, en la figura de los astros y de los billetes de cincuenta, en el vuelo de los pájaros, en el tronco de los árboles, en cada una de sus sombras y en los versos que nadie se imagina yo te escribo. Yo te canto en la puerta de mi casa, en el camino hacia el trabajo, en la ruta de la seda del gusano hacia el capullo, en el tráfico de la mañana, en el momento de la cena, en la cadena que el reloj  pone en mi cuello, en el carrito de mercado, en el baño cuando estoy sentado y no tengo un periódico a la mano, en la luz de la ventana a media noche, en la ducha cuando el Sol viene de África y si el agua está muy fría, aún más fuerte yo te canto.

Yo te pinto en el gesto de un payaso, en la sopa de fideos, en el libro de los Guinness Record, en las puertas de los baños de los centros comerciales, en la cara de la Luna, en los vitrales de la misma iglesia en donde te escribo –para algo deben servir las iglesias– en la libertad que no tenemos, en el tallo de las flores, en los ojos de los cuervos, en la yema de mis dedos y en mi rostro frente al agua; en la ruta del cangrejo, en el pico de las olas y de los pájaros también; en el almanaque Bristol, en la prostituida democracia, en la crema de los dientes, en un afiche en medio de Janis Joplin y Jimmy Hendrix, en el techo de la Tierra yo te pinto, porque el mundo está al revés: a Dios nadie lo escucha, la paz es un golpe seco, Bukowski ya murió, la iglesia todavía manda y pocos escuchan al viento hablando.

En estas circunstancias, todos estamos jodidos menos aquellos que leen a Dante, menos aquellos que escuchan The doors, menos aquellos que adoptan un gato, aquellos que juegan con niños y aquellos que tienen un cohete para ir a Marte.

 

Todos están jodidos, menos yo que aún puedo escribir tu nombre, cantar tu rostro, pintar tu cuerpo.