Carles Campomar

Carles Campomar García nació y vive en un pueblo del norte de Mallorca llamado Alcudia, un pequeño pueblo pero muy acogedor.

Empezó a escribir hace unos cinco años, gracias a un gran escritor catalán de relatos cortos llamado Joan Barril, donde él, cada mañana, recitaba alguno de sus relatos en un programa de radio. Poco a poco se fue enganchando al programa y se propuso escribir algún relato, y casi sin darse cuenta había escrito cuarenta y tres relatos que se convertirían en su primer libro titulado: La finestra de la vida.

Los relatos del libro hablan de la vida que uno mismo puede vivir, nada rebuscados, y con un lenguaje muy directo y claro. Nada de rebuscar para enganchar al lector, porque Carles opina que en lo sencillo esta lo atractivo.

Después de la salida del libro, mientras escribía nuevos relatos se propuso intentar escribir poesía. Sin tener mucha idea, cada par de días escribía una, y así hasta 130, para poder poner material nuevo en su web con intención de que ésta no se quedara estancada o aparentara estar abandonada. Todas estas poesías están reunidas en su segundo libro: Poemas de un escritor callejero.

Cortando rosas

Ya dicen que todo termina casi igual que empieza, sin darnos cuenta que todo es un globo que poco a poco se va desinchando y que nos olvidamos de llenarlo de aire fresco cada día y luego pasa lo que pasa.
Cada día la luna era testigo de nuestras citas a media noche, después de salir de trabajar, caminando me dirigía a tu casa, y con un sutíl silbido que tu reconocías salías al balcón de casa para decirme que en unos segundos bajabas para ir a pasear.
Largos paseos acompañados de dulces caricias en la mano, tiernos besos testigos
de las farolas rotas por alguna piedra de esos niños tan pillos a la edad de la
madurez.
Los días que quedábamos por la mañana, me levantaba temprano para ir a un campo de rosas de cerca de casa, para poder elegir la mejor para ti, y darte una sorpresa. Ahora cuando voy por la calle, me encuentro a tus familiares, aquellos con los que compartí mesa tantos días de fiestas familiares, y días rojos de calendario para celebrar comidas o cenas, que luego terminaban en risas entre amigos, y ahora parece que no se acuerdan de mi, cuando los veo por la calle y los saludo, se quedan mirándome con cara extrañada o directamente me giran la cara como si no me conocieran.
Ahora la luna me acompaña llorando triste a la madrugada, paseo poco a poco por esos callejones que nos hicieron de escudo al frio en los rincones mas oscuros para arder en pasión cuando nadie nos podía ver, y ahora están solitarios de nuestros besos y caricias, y son testigos de otras parejas que se aman sin querer pensar que un triste solitario ve como juegan a escondidas de la noche,
acariciándose y llenándose de amor.
De camino a casa, me quedo mirando ese campo de rosas donde cada día era testigo de mi pequeño hurto para que tuvieras una rosa especial para ti, cada día la elegía mirándola detenidamente para llevarme la mas hermosa del día, las otras rosas me miraban con envidia, por no ser ellas las que ese día alegrara tu corazón por un instante, y luego la metías en un jarrón lleno de agua.
Pero hoy esas rosas no son de color rosa, hoy se han convertido en rosas negras, no quería que nadie fuera un pequeño ladrón como yo, como hoy ya no llevo rosas a lo que fue mi dulcinea, no quiero que nadie se las lleve a su dulcinea, esas rosas arden entre llamas, muriendo poco a poco como a muerto mi corazón por la mujer que amo y que ella no me ama.