David Silvestre Valor

 

David Silvestre Valor nació en Alcoy (Alicante) en 1983. Es licenciado en Administración y Dirección de Empresas y durante varios años trabajó como auditor financiero. Preparó oposiciones y actualmente es profesor de inglés en un IES. Durante el último curso, la soledad del apartamento en el que residió le hizo descubrir el placer de la lectura y propició que se lanzara a escribir breves relatos. Ha colaborado esporádicamente en la página web Allegramag y actualmente esbozael borrador de una novela.

 

La otra realidad

Escucho el suave mecer de las olas a escasos metros de distancia. Un rayo de sol consigue atravesar furtivamente el cielo opaco pero apenas percibo su tibio calor. La brisa acaricia mi cuerpo y los granos de arena avanzan sigilosamente sobre mi piel. Mientras yazgo en el suelo, mi mirada perdida en la inmensidad azulada busca inútilmente un resquicio de tu presencia y, rendida, mi conciencia se deja llevar. Si el fin de nuestros días se corresponde con un estado de eterna paz con el entorno, creo que estoy listo para marchar.

 

Cuando más me uno al mar, más me olvido de mí mismo. Pertenezco más al vacío, a la nada, y menos sentido cobra la imagen que tengo de mí mismo y aquella que percibo que proyecto en los demás. Sé que nada de todo esto importa pues nada podrá detener el fuerte oleaje rompiendo sus aguas frente a mí. Deseo estar más cerca de la verdad, arrancar con las yemas de mis dedos esa gran masa de fluidos salados cual adhesivo y ver qué esconden sus profundidades.

 

Te he echado tanto de menos. Cada atardecer, y deambulando en solitario al borde del litoral mediterráneo, he intentado con todas mis fuerzas zarpar y recorrer mentalmente los kilómetros que nos separaban para sentirte próximo. Pero reconozco que no han sido pocas las ocasiones en las que me ha invadido un fuerte sentimiento de soledad e impotencia y me ha resultado imposible evitar naufragar preso de pensamientos en los que tu voz, tu rostro o tu mirada se aparecían vagamente, a la vez que distorsionados, desvaneciéndose hasta ser imperceptibles y, acto seguido, era yo mismo a quien veía desaparecer una y otra vez. Fantasear con esta idea, insensata quizás, parecía la salida más sencilla. Día tras día.

 

Hasta ayer. Por fin regresaste a casa, al hogar, a nuestro castillo del amor como ambos lo llamamos cariñosamente en la intimidad. Una larga estancia en el lejano continente asiático al que te trasladaste para dirigir un estudio de prospección de mercados y estrategia comercial para la multinacional en la que trabajas nos mantuvo alejados durante varios meses.

 

No más llamadas internacionales de brevísima duración a horas intempestivas. No más mensajes de texto con esos ridículos 160 caracteres que exprimíamos al máximo sin conseguir despertar en el otro el efecto esperado. No más correos electrónicos artificiosos y carentes de emoción espontánea. En suma, no más “te quiero” virtuales. 

 

Tras una larga noche, amplia y mutuamente aprovechada, decidimos levantarnos temprano. Un rápido desayuno. Ropa cómoda. Ni rastro de tu traje y corbata. Bajamos a la playa. Tan solo un par de bloques de apartamentos nos separaban de aquel escenario de ensueño.

 

Iniciado el paseo marítimo no hizo falta mencionar nada. No era momento de verbalizar ni de aludir al pasado. Quizás en otra ocasión. Atrás habíamos dejado nuestros respectivos trabajos, la hipoteca, las redes sociales o el smartphone. Todo resulta tan sencillo si dos personas así lo quieren. El protagonista indiscutible era nuestro presente y éste se manifestaba exclusivamente en la coexistencia de un par de enamorados paseando descalzos junto a la orilla del mar. El ahora nos revelaba un precioso amanecer. Me sonreíste. Y saludaste al sol. Sé que te sabe mucho mejor que despedirle.

 

Quédate conmigo. Ya no necesito huir a otra existencia, ni albergo el más mínimo deseo de vivir a través de eternas ensoñaciones. Me quedo con nuestra realidad. La que hemos construido juntos. Quizás sea “la otra realidad”. Ésa que no nos muestran los medios de comunicación – últimamente tan preocupados por una pariente recién aparecida en escena de la cual desconocen su grado de consanguinidad pero cuyos cambios de humor les suponen un alto riesgo o por esa sobrecogedora presión ejercida por unos seres pseudo-alienígenas a los que nadie ha visto en persona pero que responden al temido nombre de “mercados” –  y que siempre ha estado ahí. Sólo nos pide que queramos verla.

 

La nuestra no es una “relación escaparate” ante la sociedad, más bien todo lo contrario. Secretamente mantenemos viva nuestra particular llama amorosa, escribiendo conjuntamente el guión de nuestras vidas paralelas. Con gran recelo conservo nuestro preciado tesoro, bien por miedo a ser juzgado, bien por temor a que me fueras arrebatado por un alma desalmada o simplemente por evitar suscitar envidias a nuestro alrededor – ¿por qué resulta tan difícil alegrarse por el bien ajeno?

 

En cada paseo marítimo obviamente tú también eres partícipe, querida playa, nuestra playa. Tus aguas son testigo directo y claro reflejo de nuestras vivencias, cómplices espectadoras de nuestro querer. Tu fiel compañía me ayudó a refugiarme, a escapar, a sentir cerca y lejos el latir de mi ser amado, a caminar en su ausencia.

 

 

De nuevo escucho el suave mecer de las olas a escasos metros de distancia. La brisa acaricia mi cuerpo. Ahora él agarra mi mano. Y mi mente descansa serena.

 

Te quiero, Miguel.