Desamparos Blay

Mi nombre es Desamparados Blay, divorciada, escribo poesía y relatos cortos desde los trece años, vivo en Valencia, trabajé once años en Unicef Valencia como secretaria de dirección. Soy Trabajadora social aunque no ejerzo y Diplomada en Puericultura. He vivido un año en Palma de Mallorca trabajando en el Centro de Rehabilitación de San Joan de Deu. Recientemente he sido nombrada Coordinadora Local del Partido de la Libertad Individual en Valencia, Presido la Asociación cívica Atlas para la defensa de las libertades, organizando en Octubre un acto de homenaje a Blasco Ibáñez en el cementerio de Valencia. Actualmente, colaboro como voluntaria en un Centro de Menores y escribo, una nueva novela, teniendo la primera "Mientras morías en Nueva York" pendiente de publicar. Uno de mis poemas ha sido publicado en el libro: "Un Mar de poemas solidarios" cuyos beneficios van destinados a la Asociación Aspanion de niños con cáncer.

Violeta y el mar

Le gustaba aquel paseo tan cercano al mar. Si se quedaba quieto un minuto y cerraba los ojos podía sentir cómo el mar acariciaba la arena. Todos los días hacía el mismo recorrido. Salía del portal, observaba el cielo y encaminaba sus pasos hacia el paseo.

 

En el camino, normalmente, se cruzaba con la misma gente, la señora del perrito pequeño, la chica de los patines, la pareja de ancianos cogidos de la mano, el negro que extendía su sábana y ofrecía su mercancía fraudulenta.

 

A Hugo aquella sensación de normalidad le producía un extraño placer, desde que volviera de la última guerra, siempre era la última -pensó- su maltrecho cuerpo se había convertido en un tirano, doliéndole hasta en sitios que no sabía que tenía.

 

Pero esta mañana sería diferente, lo presentía, todo su cuerpo le hablaba con voces silentes.

 

Violeta, estaba acostumbrada a la falta de luz, una maldita enfermedad nada más nacer la había privado de uno de los bienes más preciados, la vista. Tardó mucho en convencer a sus padres para que la dejaran arrendar durante el verano, aquella casita en la playa, tan bien descrita por su hermano. “Consta de porche, dos habitaciones, y excelentes vistas al mar”, sobre todo las vistas, se rieron juntos, aquello acabó de convencer a todos y de mala gana la despidieron a pie de taxi y la vieron alejarse por primera vez.

 

El taxista miró con disimulo por el retrovisor momento que aprovechó Violeta para preguntar.

 

-¿Le parece que estoy vestida adecuadamente?

 

El taxista que se sintió pillado contestó.

 

-Yo la veo muy guapa, la verdad.

 

-Perfecto eso significa que mi hermana tiene muy buen gusto para la ropa.

 

Y sonrió para sí misma, pobre hombre le he metido en un compromiso, pero al menos me confirma que hice bien en confiarle mi vestuario a mi hermana pequeña.

 

Martes y lluvioso, Hugo frunció el ceño, eso significaba más dolor en su constreñido cuerpo, pero aún así no pudo renunciar a su paseo diario, el aroma, la sal, la brisa le hacían bien, ¿qué importaban unos cuantas gotas de lluvia, acaso en las trincheras no caía de todo?, hasta cuerpos humanos.

 

Aquella guerra fue tremendamente cruel, las órdenes eran claras acabar con todo y con todos, y eso incluía disparar contra lo que se moviera, animal o persona y Hugo lo soportó bien hasta que después de disparar indiscriminadamente a unos insurgentes armados, al acercarse sólo vieron cuerpos de mujeres y niños, algunas de ellas eran chiquillas embarazadas y alzando los ojos al cielo gritó con toda su rabia. Por los cabrones que utilizaban a su gente como escudos humanos y por ellos que eran tan gilipollas que disparaban tras una orden dada en un cómodo despacho. Pidió traslado por motivos mentales y por raro que parezca, se lo concedieron, una vez en España lo declararon, “no apto” le concedieron una medalla que acabó en el fondo del mar y lo retiraron con una exigua paga que sin embargo le permitía vivir con dignidad.

 

Dignidad que perdió en aquellos campos masacrados por unos y por otros.

 

Andaba tan ensimismado recordando que no advirtió que una chica con un inmenso paraguas rojo se le acercaba por el paseo y sin apenas darse cuenta tuvo que frenarla para que no chocara contra él. Violeta se asustó, pensó que con la lluvia y tan temprano nadie osaría pasear, pero se equivocó y a punto estuvo de caerse solo que unas manos la habían cogido a tiempo.

 

-Perdone iba distraído, no la he visto.

 

-Yo tampoco le he visto, pero en mí es normal, soy ciega.

 

Ya está lo había dicho sin pensar, intentando dar naturalidad a una deficiencia, “ciega, ciega” y para siempre.

 

-Con más motivo me disculpo, pero estaba pensando en la guerra.

 

También él se sorprendió, ¿por qué le nombraba la guerra a una mujer desconocida?

 

-¿Está usted herido?

 

¿Estaba herido? Era una simple pregunta pero sí, lo estaba en su fuero interno la herida sangraba y no conseguía cerrarla, cada vez que intentaba dormir, los gritos los disparos y luego el maldito silencio, se lo impedían, pero se sorprendió riendo.

 

-No, qué va no estoy herido, estoy vivo.

 

-¿Le apetece que paseemos juntos? Acabo de llegar, no conozco el paseo y además usted puede ser “mis ojos”.

 

Sus ojos, la miró, no tendría más de veinte años y estaba ciega. No sintió compasión, la hora de los llantos ya había pasado, en vez de eso, le cogió la mano, y como si fuera el mejor de los cicerones le habló del impresionante cielo que en un acto de amor bajaba hasta rozar el agua, y que esa sensación se podía ver y sentir, le habló del agua que se acercaba unas veces temerosa y otras brava a la orilla y que esta no se movía, esperaba ávida el embate de las olas y sin darse cuenta ambos se hablaron de ellos, de sus tristezas, de sus alegrías de sus esperanzas.

 

Así cogidos de la mano los vieron alejarse por el paseo, como dos enamorados.......