Felipe Alarcón

EL QUIJOTE DE LA HABANA EN EL BONILLO

Una mañana otoñal los arboles no dejaban de perder hojas de diversas formas a la húmeda carretera de mi barrio, ubicado en la zona norte de Madrid, el Barrio del Pilar.

Casualmente se celebraban las fiestas de la patrona. Me encontraba caminando con mi esposa por los distintos puestos preparados para la ocasión. En ese instante el móvil no dejaba de vibrar y sonar en mi bolsillo del pantalón, un vaquero desgastado de marca Levis comprado en un pueblo llamado El Bonillo, en la provincia de Albacete.

Cuando descolgué el teléfono era mi amigo Juan que casualmente había llegado de La Habana una gran ciudad a este pequeño pueblo. ‘No me creo que llames desde El Bonillo’, le dije.

 

Juan no dejaba de reírse y me decía: ‘Pues claro, hace un mes y medio que estoy tratando de contactar contigo. He venido con un grupo de danza contemporánea para representar ‘El Quijote’.

Yo no salía del asombro y le pregunté que si era una versión moderna o tradicional. Él me indicó que era una versión moderna y la conformaban siete parejas de bailarines. El decorado de la obra estaba realizado por Ismael y él y me contaba que el ayuntamiento de El Bonillo lo estaba apoyando en realizar este espectáculo.

¿Y con quién contactaste para poder llevar desde Cuba a este grupo, teniendo en cuenta las dificultades para salir de la isla?, le pregunté.

Corren tiempos distintos y tenemos un ministro de cultura que es escritor, de nombre Abel Prieto y entre sus objetivos fundamentales está llevar el arte cubano a todos los rincones. Una tarde me encontraba en la calle Obispo, hablando con Ismael un amigo pintor que me ayudó a hacer los bocetos del decorado de la obra. Casualmente pasó por ahí un concejal de cultura de este pueblo, entró en su galería y me oyó hablando del proyecto, enseguida se interesó y me dio una tarjeta con teléfonos.  Acto seguido me dijo que estaba organizando una fiesta para el mes de octubre y quería ver el grupo de danza. Si le gustaba nos invitaría a ir a España y nosotros como era nuestro primer viaje nos sentimos muy ilusionados. Finalmente se ha hecho realidad y te estoy llamando para invitarte a la inauguración del evento. Bueno, te dejo que estoy degustando con el grupo un delicioso arroz con liebre. Te espero, me dijo. Allí estaremos, contesté yo.

 

EL ABUELO Y SU NIETO

Solían recorrer toda la ciudad, el uno era la mitad del otro. Era sábado y el abuelo con su pipa tallada fumaba sin parar sentado en su sillón preferido, que no compartía con nadie.

El niño se sentaba junto a él y vigilaba su siesta. Soportaba el ronquido ensordecedor como si fuera un tren. Al despertar se cogían de la mano y salían al parque, rodeados de diversas atracciones. Después volvían juntos por la única calle del barrio. Al llegar a la casa el abuelo contaba múltiples leyendas e historias a su nieto con amor.

 

FÁBULAS DEL BARRIO

De pequeño se pasaba las horas observando como un centinela desde el balcón de su casa, esperando que sucediera algo.

Llegaba la noche y solo estaban las estrellas fugaces que se perdían en el infinito.

Un buen día pasó algo extraño, vio caer una luz a pocos metros de allí.  Bajó las escaleras desde aquel tercer piso y al llegar al lugar observó un hecho extraordinario. Se le humedecieron los ojos al contemplar cerca de sus pies una muñeca de trapo cosida a mano. Tenía muchos parches, pero lo más fantástico era que tenía vida propia.

 

VISITA AL PRADO

Ángel que llevaba tiempo sin inspiración, comenzó a realizar apuntes en su cuaderno de notas, convirtiéndose así, en un devorador de sueños. No creía lo que veían sus ojos, estaba pisando la entrada del Prado.

‘Recuerdo de joven soñar con este museo’, se decía una y otra vez. Ese día iba acompañado de David que disponía de tiempo libre y de Jesús, el hombre que le ayudó a exponer en Madrid. Visitaron una sala de murales románicos donde había uno precioso. Quedó tan emocionado que de pronto, Ángel, formaba parte de la obra. Casi  sin darse cuenta comenzó a padecer el síndrome de Stendhal al haber estado expuesto a tanta belleza artística.

De repente, estaban todas las paredes lisas, las naturalezas muertas parecían vivas. Una obra de Antonello da Messina, ‘Cristo muerto sostenido por un ángel’ divagaba por las amplias salas del museo. Al llegar a la entrada principal, David, Ángel y Jesús formaban una pirámide humana y danzaban alrededor de la obra como si de una danza areito se tratara.

Más adelante, frente al cuadro de ‘Las Meninas’ de Velázquez, fueron modelos del maestro convirtiéndose así en esculturas humanas.