Lucía Santamaría Nájara

Nacida en Soria (España) en 1959. Licenciada en Geografía e Historia, Diplomada en Profesorado de Educación General Básica (en Filología Francesa e Inglesa). Delineante. Cultiva la plumilla y el grabado.
•NOVELAS PUBLICADAS:

1.La justicia de Cambises Ochoa editores. 2006 (Finalista premio juvenil Avelino Hernández 2005).ISBN 84-7359-620-X

2.Mariposa de piel Ochoa editores. 2009. ISBN 978-84-7359-601-5

3. El secreto de LE MASCARET editorial Setelee 2012. (ISBN 978-84-938672-6-3) Ochoa editores. 2012 (ISBN 978-84-7359-709-8)
•CUENTOS PUBLICADOS:

1.Pedrajas Galería Abierta

2.El Valle de los Sueños
•PUBLICACIONES EN LAS QUE PARTICIPO con RELATOS o CUENTOS:

1.Pinceladas de Relatos. ISBN 978-84-938501-0-4

2.Arte-Grafía  ISBN 978-84-15344-11-7

3.La noche de las letras Revista literaria y poética. (la noche de las letras I Barranquilla, Colombia Diciembre 2011). (IBSN 12-06-1226-03)

4. Toma la palabra, toma el mundo bubok 2012. 
•PREMIOS LITERARIOS:

1.Finalista. PREMIO DE NOVELA JUVENIL AVELINO HERNÁNDEZ (2005).

2.Segundo premio. III CONCURSO LITERARIO EL FANTASMA DE MASEGOSO (2011)

3.Relato ganador el 27 de septiembre de 2011 en el programa de radio a nivel nacional de Ayanta Barelli 

4.“MECENAS DE HONOR” (2011) por  la Fundación de “El Valle de los Sueños” Madrid y Osaka (Japón)

5.Seleccionado y publicado en “La noche de las letras” (Colombia -Diciembre 2011).

6.Seleccionado y publicado en el libro del I concurso literario “Toma la palabra, toma el mundo) 2012

7.Seleccionados Microrrelatos en el concurso de “Pluma, tinta y papel”  2012.

8.Primer premio.  III concurso de relatos  Ani Benavent 2012. Hospitalet (Barcelona)

Esencia de pueblo (2ª premio en el III Certamen Literario "El Fantasma de Masegoso")

¿Corbata? Nunca llevó, pero, a elegancia, ninguno de los allí presentes -trajeados y encorbatados- le igualaba. Había sido de los que siempre se hacían a un lado para no pasar primero. De los que cedían la palabra y sabían guardar la suya por si, alguna vez –que no siempre-, se la daban. De los que, con galantería, ponían el abrigo a las damas, con esa galantería que abofetea la chulería. Mi madre decía que le pesaba menos el abrigo cuando se lo ponía mi padre. Y seguro que así fue, ya que el peso y el cariño nunca fueron de la mano.

-¿Alguien quiere pasar a despedirle antes de meterlo en la caja?

Di unos pasos en señal de asentimiento a la vez que me introdujeron en el cuarto donde estaba Antonio tumbado encima de la cama. Parecía dormido en traje de faena: pantalones vaqueros, rastrojeras y camisa de cuadros.  Quise volver a besar a mi padre y sentir de nuevo cómo mis labios y mis besos se hundían en su rostro y en su cuello, cómo su carne suave se amoldaba a mis caprichos y arrumacos. En ese momento identifiqué la agradable sensación que sentí. Reconocí el sabor. El cariño de mi padre sabía y ese sabor lo percibía.

Me incorporé y salí de la casa acompañado por el resbalar en mi memoria  de vivencias que iban y venían como fantasmas. Había vuelto a mi punto de partida, a mis raíces, a mi pueblo, a mi padre.

Quizá no debí hacerlo, pero lo hice. Salí de casa, dejando familiares de los que o no sabía de su existencia o no recordaba sus rostros, a buscar mi rincón de noche. La noche tiene muchos rincones que acogen y mecen los sueños. Rincones que la noche pone para repasar estrellas, estrellas que el pastor, mi padre, me enseñó a llamar por su nombre –ahora recuerdo que, aquí, en el pueblo, todo, absolutamente todo, tiene nombre-. Me enseñó a reconocer arbustos y matorrales; árboles y setas; bosques y senderos, y a buscar el regreso a través de  las estrellas o del sol, o del  musgo o del río. A saber apreciar lo que trae consigo el olor a pan recién salido del horno; a chorizo y a jamón, a torreznos, a matanza; a tomillo y a romero; a huerta y a ganado; a tierra y a agua; a rocío y a luna; a amaneceres y a anocheceres.

Me enseñó a reconocer el canto de los pájaros y de los grillos; el aullido de los lobos; el ladrar de los perros; el maullar de los gatos y a sentir el canto del gallo tan majestuoso como el voltear de las campanas; y a correr dejando que la brisa de la vida acariciara, cosquilleara y se quedara por mi alma.

¡Cuarenta años hace que me fui del pueblo!

Me enseñó y aprendí sobre el comportamiento de los animales y el de los hombres; sobre el conocimiento y la intuición; sobre la vida y también cómo recibir la muerte; sobre lo banal y lo grandioso…; a pensar y a reflexionar; a preguntar a los animales y a escuchar su respuesta; y al río y a sentir su corriente; y a la tierra y a esperar su cosecha… y a mí mismo.

¡Cuarenta años ya!

Me enseñó a proyectar la esperanza para poder empezar a andar y a dejar de lamentar pasados y a no llorar futuros. Me enseñó a empaparme del hoy para llegar a servir de abono a la tierra, a mi pueblo, como siempre decía mi padre: lo importante la sustancia, el abono.

Decía que la tierra estaba quemada y vacía y que por eso se morían los olmos tan jóvenes. Pero la confianza no la perdió, mantuvo la esperanza en el despertar del pueblo y decía que cuando los hombres volvieran  a tener sustancia, volverían a crecer y a ensanchar los olmos para permanecer en el pueblo cientos y cientos de años, como lo habían hecho siempre. Y el día que crezcan los olmos –decía- sobrarán banderas.

 

He vuelto a enterrar al último republicano del pueblo: a mi padre. Como a Machado quiso –lo dejó dicho- que le cubriera su bandera. Un cuerpo sumido por años y trabajos, pero el suficiente como para albergar la esencia, la esencia de vida. Y eso ocupa poco, a veces lo que ocupa una mirada.

Y volvió a salir el de la funeraria, con la misma voz afectada, a preguntarme si quería volver a verlo antes de cerrar la caja.

Entré.

Dentro del ataúd estaba mi padre, le habían puesto las manos cruzadas sobre el pecho. No sé por qué; mi padre siempre las tuvo abiertas. Pero lo dejé así. Me incliné para volver a besarlo. Y, como siempre, se dejó querer. No sólo no rechacé el cadáver de mi padre -ni tan siquiera el olor a formol pudo apoderarse de su sabor-, sino que deseaba que ese momento no terminara.

 

Amanecidas como la de hoy, no recuerdo, ni recordaré. El campo se vistió de Antonio: Olor a romero, rojo de amapolas y amarillo de aliagas rompiendo con morados de lavanda… igual que ondearon en su alma, hoy el campo le rendía homenaje con sus colores. Tan solo un par de hombres, en toda la comarca, hubieran sido capaces de izar bandera y él era uno de ellos.

Los colores despedían paz y esperanza. Era el último republicano, y también el último vecino del pueblo. Pero no era esa la sensación que yo sentía, no era el fin del pueblo, sino, todo lo contrario: presentía el despertar.

El murmullo, inexistente en el arranque del cortejo fúnebre, empezó a hacerse cada vez más fuerte. Como es costumbre, los cementerios distantes hacen olvidar el respeto al difunto. Esta vez, no me importaba, al contrario, prefería que estuvieran ajenos y me permitieran saborear ese momento.

Allí en el camposanto se resistían, enganchados a las cruces de hierro que encabezaban y marcaban las tumbas, restos de trapos deshilachados que ayer fueron banderas de ilusiones y hoy acompañaban solo a polvo, de rostros perdidos, de corazones rebeldes.

 

He acudido, y no pocas veces, a entierros de cónsules, embajadores y reyes, pero jamás había sentido - como ahora- el peso de la importancia, el señorío de la sabiduría, el poder de la templanza.

Un golpe seco y profundo indicó que la caja había tocado fondo.

Una palada de tierra y otra y otra. Era extraño, pero no sentía el dolor que siempre me produjo el metal de la pala en el cementerio, ni sentí el puñetazo en el alma al caer la tierra sobre el féretro.

Hoy, padre, has vuelto a tener razón, cuando me hablabas de la sencillez de la muerte, tan simple como el planear de un pájaro en medio de un vuelo, como el agachar la cabeza de una oveja a recoger un brote de hierba, como el reposar los sueños en una almohada, como el traspasar la cancela de hierro de este cementerio.

 

 

Ya se habían marchado gentes de traje –extrañados de verme, por primera vez, sin corbata-. Quería que se fueran y rogaba que las emociones no desataran mis nervios y la lengua. Me empapé de pueblo, de recuerdos y añoranzas, de principios y valores.

Cielo y tierra se mezclaron. Luz y oscuridad se confundieron.

El silencio se hizo atardecer. Por fin, la tranquilidad volvió a reinar en el pueblo. No sé por qué, pero corrí por la senda que conduce al bosque… y recordé el día que ardió… y cuando mis padres no pudieron quedarse quietos… y lloré al recordar a mi padre sacar en brazos el cuerpo quemado de mi madre. Seguí corriendo, como si el espíritu de mi niñez se hubiera alojado dentro de mí,  bajé hasta el río y sonreí. Sonreí, como lo hacía cuando cogía truchas y cangrejos con mi padre; subí la loma y respiré añoranzas, deseos y querencias. Cuando sentí sed, tronché y mastiqué los brotes tiernos de la zarzamora y, aunque el hambre no arreció, comí flores de acacia que sabían a pan y quesillo y  soplé el molinillo de diente de león, mientras pensé un deseo: “quiero ser como mi padre”.

Quedé sólo en el pueblo, con la noche estrellada, que hoy era mía.

Agotado, cansado y sudoroso –como cuando era niño- volví a casa.

Me acosté en la que fue mi cama. Estaba hecha. Me esperaba con sábanas blancas, de lino, puras, sin mezclas. En mi pueblo todo era así, sin dobleces; como mi padre, nada se reconvertía, nada tenía doble función y la cama era cama y la mesa mesa.

Mi padre muerto.

Me levanté –no podía dormir- y salí a ocupar mi rincón de noche. Esta vez volvió a ser a su lado, necesitaba estar con él. Compartir otra noche. La última.

Recorrí el camino que separaba la casa de su tumba en busca de remordimientos y reproches que no encontré, algo había que lo impedía. Quería reencontrarme con la muerte y, a medida que andaba, solo encontraba vida.

Me dirigí al camposanto, a sentarme sobre las rodillas de mi padre. Descansaba envuelto en la tierra de su pueblo, tierra que había removido, cultivado y sembrado, cientos de veces, hoy se lo había tragado para que fuera, eternamente, parte de ella; para que fuera pueblo.

Abrí la pequeña puerta de hierro del camposanto, la que separa a los vivos de los muertos, y me adentré. Bordeé sepulturas y rememoré vidas hasta llegar a su tumba. Me agaché y en un lado me senté, una vez más, como tantas veces  había hecho de niño. Noté cómo la tierra, todavía sin asentar, cedió con mi peso para acercarme a él, y tuve la sensación de estar, como siempre, una vez más, sobre sus rodillas.

No sé si la noche vino a mi o si yo fui al sueño o si mi padre… ¡qué más da! Lo que sí sé es que no me hubiera importado quedarme allí.

Con el despertar del alba, volví a casa a ponerme de nuevo traje, zapatos, camisa y corbata. Ya no era el mismo –ni el traje, ni yo-. Puse en la chaqueta, en el bolsillo izquierdo –en honor a mi padre- un saquito de algodón que contenía –la había cogido de la tumba- su tierra, su pueblo.

-Y, ahora sé Antonio –me sorprendí diciendo en voz alta mientras apretaba fuertemente con mi mano la tierra-… tengo la completa seguridad... papá, de que ahora, por fin, florecerán los olmos…,

a la tierra le faltabas tú.

 

Ya preparado para marcharme, debía regresar a Bruselas, mi chofer llegaría en media hora. Había quedado con él a la entrada del pueblo y para ello tenía que atravesarlo. Mi casa era la última, pero también la primera en recoger amaneceres. Quise dar una vuelta por la casa, recorrer habitación por habitación, con el aplomo que nos deja la muerte a los vivos.

Abrí, una a una, todas las puertas y, tras contemplar las vivencias que guardaban los cuartos, volví a cerrarlas, queriendo retenerlas como para que no se fueran.

Nada cogí pero todo venía a mí.

Pero fue al cerrar la última puerta, el portón de madera que daba a la calle, cuando se desplomó el vacío.

Ahora sí me dolía la soledad.

Dentro de la casa quedó la agilidad de mi infancia. Con la mirada baja, como si estuviera contando los adoquines de las calles, fui dejando atrás casas cerradas a la vida.

Al llegar a la plaza, me paré delante de la tronca de olmo que todavía conservaba la bancada de piedra: ¡cuántas veces, y cuánta gente, se habrían sentado allí! Contemplé con agrado el brote nuevo de olmo, ya había alcanzado algunos metros. Arrestos para renacer tenía y también ganas de crecer, pero hasta ahora, como a todos los olmos, la grafiosis lo impedía. El día era pesado, de los de paso lento, de un calor plomizo, ni una pizca de aire, por eso me estremecí cuando se movió. Me hizo un guiño. Agitó, para mí, sus ramas.

Hizo un gesto que me recordó a mi padre. De pronto noté el sabor de sus besos. El olmo, se inclinó hacía mí y, con extremada suavidad, con la misma galantería de mi padre, me puso sobre los hombros, la esencia de mi pueblo.