Mary Padrón

Mary Padrón nació en Maracaibo, ciudad capital del Estado Zulia, Venezuela (7 de Noviembre, 1997). Tomó el gusto por la lectura a través de sus padres, lectores ávidos también, pero de tiempo escazo para la acción, a raíz de esto aparece en ella el deseo de escribir a los 13 años, más que todo cuentos o poemas expresando de manera infantil sutuaciones que le afectaban. Trata de perfeccionarse en el arte de la escritura y amplia sus horizontes con respecto a la lectura, tomando como sus escritores favoritos figuras célebres como Edgar Allan Poe, Horacio Quiroga, Julio Cortazar y Jose Antonio Ramos Sucre.
Hasta la actualidad sigue tratando de adiestrarse en el arte de la escritura, por lo que pide disculpas con anterioridad si los temas de sus relatos siguen dejando de manifiesto su inexperiencia.

Por el pecado de la codicia

En el momento en que besó la carne desnuda, lo supo. Estaba condenado.
 
Todos los sentimientos dentro de su ser desaparecieron, y aunque su energía crecía con cada trago que daba de aquel líquido escarlata, nunca experimentó la satisfacción que todo ese poder, pensó anteriormente, le traería.
 
Lo supo. Su misión ya no era la de proteger a los humanos, había dejado de servir al Reino Celestial en el primer instante en que sus dientes se hincaron en el antebrazo de su protegida, mientras la abrazaba para no dejarla caer, haciendo manar el cálido nectar vital. Lo sabía, y no sentía nada más que vacío. Vacío que le empujaba a seguir tomando de la sustancia color granate, la que le daba la sensación de estar momentaneamente completo a medias. Sus alas comenzaron a oscurecerse y, una a una, sus plumas -segundos atrás de un blanco inmaculado- fueron cayendo cual otoñal hoja muerta resbalando en las corrientes de aire. Perdió la esencia divina que una vez lo vinculó a su lugar de procedencia.
 
Él, que lo veía todo. Él, que era su Padre y el de todas las cosas en el Universo, creador de la propia Creación... Lo condenó decepcionado.
 
Fue condenado a necesitar de la sangre para sobrevivir, cuando la unica función que antes del Suceso realizaba su cuerpo era la de un lento, muy lento, pulso cardiaco. Fue condenado a necesitar de ella, y fue condenado a hacerlo por la eternidad. Sin la posibilidad de morir como humano, o de servir como angel guardian. Era un demonio errante sin poder entrar al infierno, y que aún así estaba en él.
 
En sus manos todavía se hallaban las manchas rojizas. En sus ropas, en sus labios, recordatorio del pecado que había cometido, como si la oquedad en su interior no fuese suficiente. No se inmutó cuando Su voz entristecida lo llamó por un nombre que sólo ciertos seres -entre ellos, los de su clase- pueden pronunciar. Lo escuchó y soltó el cuerpo de la persona a quien se le había encargado proteger. La dejó sobre el lecho de pequeñas hojas de abeto.
 
Se levantó. Parado junto al cuerpo inerte de ella, lo vio acercarse con sus tunicas blancas y los pies descalzos arrantrando los pasos, como si no quisiera llegar. Descubrió en sus ojos su propia pena reflejada. Volvía a percibir atisbos de sentimientos, mas ninguno se alejaba de parámetros tristes, avergonzados.
 
La mano cálida y de aspecto dorado resplandeciente se posó en su hombro, y le transmitió todo el amor que por él sintió y seguiría sintiendo, a pesar de lo que había hecho. Entonces lo abrazó con miedo de lo que su conciencia le gritaba y comenzaba a comprender: Había asesinado a su protegida. Gimió una disculpa, y su Padre lo abrazó con fuerza. Abrió los ojos -ardientes por el llanto mudo- y se dio cuenta, su piel ya no brillaba como la de Él. Se había vuelto pálida como la Luna. Sintió sus alas desplumadas resquebrajarse como tierra seca y el dolor fue indescriptible.
 
Gritó desgarradoramente mientras lo que quedaba de sus dos alas se insertaba en su espalda y desaparecía debajo de su piel. Sus piernas, debilitadas por el dolor, cedieron y cayó, aun bramando su sufrimiento. Luego el calvario cesó y Él desapareció de su vista. Lloró con desesperación lanzando alaridos lastimeros al aire sin que nadie más lo escuchara. Gritó desconsolado hasta que la garganta le sangró, y aún después, siguió gritando.
 
Estaba condenado desde el momento en que besó la carne desnuda y bebió la vida de su protegida. Sin embargo, y a pesar del completo desconocimiento de lo siguiente, conservaría en su alma una parte seráfica por el resto de la eternidad.
 
Después de todo, ¿qué es un demonio sino un ángel pecador desterrado del Cielo?