Valentin Kahl

Fue a través de la música mediante la cual Valentin Kahl llegó a la literatura. Escribir una partitura, muchas veces, sele  asemejaba a un poema o un relato. Había que exprimir al máximo cada obra, intentando descubrir en cada creación un nuevo misterio. Aunque realmente se ha dedicado a la poesía, en los últimos meses decidió incursionar en el relato, para indagar en una nueva estética. Siempre buscando un estilo propio. Es estudiante de Historia en la Universidad Autónoma de Madrid y se interesa, en especial, por la arqueología forense y la Guerra Civil española. Además, es un amante de los animales, así como de las lenguas, en especial el alemán, aunque aún no ha publicado nada en este idioma.

 

El último vals

Pablo y Hortensia bailaban un bello vals, en la plaza del pueblo otras parejas les rodeaban, aunque ellos sentían estar a solas. Sólo ellos y la música. Embelesados el uno del otro, más concentrados en sentir las manos y la respiración de la pareja, que en seguir el compás de la canción que interpretaba la orquesta.

En ese momento, petardos y cohetes sonaban e iluminaban las paredes de la iglesia. Creaban un juego de sombras y luces que cegaban los ojos de Pablo, eran tan intensos y cercanos que casi se podía percibir el olor a chamusquina. Un olor, por cierto, nada típico en las fiestas del pueblo.

Sin preverlo, dos recias manos sacudían a nuestro héroe por la espalda.

 

-Pablo, rápido, a cubierto ¡Joder, nos atacan!- Era Ismael, su compañero de trinchera, quien en un ágil movimiento, le puso al corriente de las nuevas en el frente.

Un estremecimiento recorrió al joven, pero el maltrecho cuerpo del chaval supo reaccionar. Ahora lo veía con claridad. Tenía que volver a la realidad, esa que la guerra le pintaba día a día. Ni Hortensia, ni los pillos del pueblo estaban a su lado. Ni había vals ni música, sólo cruentos sonidos, el chasquido de cientos de fusiles y morteros que caían a poco más de un palmo de distancia. Esa era la pólvora y el olor que Pablo había notado en su maravilloso sueño, ese que le llevaba cada noche, día o tarde, a otra realidad. A una paralela, donde había risas y bromas.

 

Sólo se oían órdenes, idas y venidas, gritos, llantos, súplicas de perdón, llamadas desconsoladas a médicos o madres. Esos chicos, amigos y camaradas, se desangraban cada día. La guerra comenzaba a ser excesivamente larga, excesivamente cruenta y excesivamente fratricida. Se tornaba todo estúpidamente grotesco.

 

-Pablo, corre, consigue más munición. Nos están acribillando y pronto escasearemos de balas. Vuela, sagaz-

-Sí, voy en seguida capitán- Respondió enérgicamente nuestro chico a las órdenes de su superior. No lo hacía por cumplir lo que le mandaban, ni siquiera por la “causa”. Simple y llanamente defendía su propio trasero. Ya no importaba para quien luchase, a pesar de las arengas de los políticos y oficiales, sólo deseaba salir de ese infierno.

 

Pablo se embozó la capa, fusil en mano y bayoneta calada, por si fuese menester. Raudo y veloz, como una gacela poniendo sus patas en polvorosa para huir de su depredador, Pablo se encaminó a cumplir su misión.

El suelo escarchado dificultaba la maniobra.“Cabeza gacha, cabeza gacha, por el amor de Dios”. Se limitaba a decirse a si mismo, era una de las cosas que le habían enseñado en el rápido y apresurado adiestramiento militar.

 

Volvió a la trinchera con el paquete entre sus manos, pesaba como el mismo diablo. Llevaba las manos heladas a causa de la ausencia de guantes y los pies calados, debido al lamentable estado de sus botas. Pero había cumplido, transportaba numerosa munición para freír a esos malditos.

 

-Excelente, Pablo- le espetó el capitán- repártela sin perder un segundo. Siempre con la cabeza gacha, ¿de acuerdo?

Pablo asintió, de una manera mecánica.

Los gritos de dolor, realmente intensos, no cesaban y se multiplicaban, de uno y otro lado de la trinchera, mientras rápidas ráfagas de luz alumbraban los ceños fruncidos de sus compañeros.

 

Un estruendo sacó de la concentración a Pablo, instintivamente dirigió la mirada hacia el lugar del cual provenía venía el ruido, levantando la cabeza ligeramente. Pablo solo vio una luz. Después, el frío suelo tocaba, en un abrazo eterno, su magullada espalda.

Ahora podía ver de nuevo a Hortensia, a Miguel, a Juan, a Pedro y a su familia. Estaban todos allí, en el pueblo de su infancia y adolescencia, pues Pablo no había vivido más. Cerró los ojos, para no abrirlos más. El sueño eterno se lo llevaba y el ruido de disparos se convertía en un melancólico vals. Las luces de bengala y morteros, bellos fuegos pirotécnicos eran. 

 

La flor que se escapó de las montañas

Había sido un día bastante peculiar, unas horas bastante extrañas. Las sensaciones que invadían a Maxi eran una combinación entre pesadilla, sueño y realidad. Tumbado en su cama, con los brazos tendidos a ambos lados del cuerpo, la cabeza recostada y los ojos encendidos en silencio se posaban en el ventilador que estaba sobre su cama, ese que le refrescaba en las noches de intenso calor en verano, aunque realmente tenía la mirada perdida. Perdida en el tiempo, en ensoñaciones que jamás ocurrieron. O si realmente fueron verdad, punzaban con la misma daga de la existencia.

 

Había tenido un largo viaje y la había visto, la había palpado, era tan real como el viento que eleva los miedos hasta fundirse con Prometeo, ese que le dio el fuego al hombre. ¿Era ella una transformación, una metáfora de ese griego Titán? Pues ella le había dado las alas para vivir... ¿O tal vez se pareciese al sol que estropeó las alas de ese tal Ícaro, hijo del gran aqueo Diomedes, en su escape hacia la libertad?. Aunque a Maxi se le antojaba más emparentarla con el símbolo de Caín y de Venus, como si ambas tradiciones se hubieran fundido en una sola, creando una estirpe de hijos de la libertad

 

Sus reflexiones iban de aquí para allá, hasta que se perdieron en los recuerdos. Esos baúles nostálgicos que tenemos en nuestros particulares desvanes.

Habían pasado unas horas, para él se le asemejaba a una eternidad, pues ya deseaba estrecharla de nuevo en sus brazos y recorrer sin frenesí, sus ojos, esos que en algún momento había visto ahogarse en penas y sollozos.

Se recreaba en cada momento. Ella vivía cerca de las montañas, en la naturaleza. Él se la imaginaba como una bella y guerrera Amazona que vivía en la selva más inhóspita de la tierra.

Pero casi creía verlo más claro cuando fantaseaba en rescatarla, cual doncella y aquellas montañas no fuesen otra cosa que altísimas murallas, más impenetrables que las de la gran Troya, al mismo tiempo que más bellas. Esas almenas, llenas de peligrosos arqueros, o cabras montesas, al caso daba lo mismo.

Todo eso eran elucubraciones de la cabeza de Maxi, pues él era consciente que ni ella era una Amazonas (a pesar de que su fuerza era inagotable) ni mucho menos una princesa acechada por algún extraño dragón. Ella era de otra raza, tal vez incluso ni siquiera era terrícola, ¿como podía Maximilian Schneider haber perdido así la cabeza por una chica?

Era extrañamente seductora, era ciertamente inteligente, con una integridad intachable y bien era lo que menos le interesaba pero tenía un cuerpo de infarto. Combinación explosiva, lo sabía él y todos los hombres de la tierra.

 

En ese momento se interrumpió, necesitaba oír algo de música. En su mp3 reprodució “The Passenger” de Iggy Pop. Era una de esas canciones que le hacían pensar en ella a su lado. ¿Se lo habría dicho alguna vez? No lo recordaba, eran tantas las canciones que le había enviado a través del correo electrónico... simplemente esta la tomaría como una más.

-We'll see the stars that shine so bright. The sky was made for us tonight- cantó lacónico y para si Maximilian. Verdaderamente consideraba que la noche anterior había sido hecha para ellos, tan perfecta, tan llena de estrellas, tan confortable...

Habían hecho el amor hasta que sus cuerpos no podían ni ponerse en pie. Después se habían abrazado, llorado, hablado, para después caerse en un sueño profundo.

Ahora estaba allí, con los cascos a todo volumen mientras la voz de Newell sonaba en sus oídos. Si no fuera porque su mochila lo evidenciaba, se hubiera dicho que era una de sus fantasías maniáticas provocada por el licor de absenta que en su habitación guardaba.

 

Ya la canción daba sus últimos acordes... “Oh the passenger. He rides and he rides...” sonaba, creía que realmente las cosas dependían desde el cristal que se viese.

Comprendía a la perfección de qué se trataba el amor, al menos el que ellos profesaban, era ese sin ataduras, ese que es el máximo disfrute a la par que respeto del otro, pero que no niega los besos y caricias a otros, pues nadie nos complace enteramente, pues todos somos distintos. Es uno de los defectos de la humanidad. Él lo sabía, lo comprendía, pero aún lo tenía que asimilar. Estaba en camino, ¡qué camino tan espinoso!

Era hora de salir a respirar aire puro. Tomó su mochila, encaminándose a perderse por la ciudad.

Al salir de casa, una flor muy pequeña había nacido allí, era, poco menos, que casi un milagro. ¿Cómo podía haber crecido allí, rodeada de asfalto?

-Nada es casualidad... -se dijo a si mismo, era lo que ella siempre repetía. Tal vez tuviese razón. Se fijó entonces en esa pequeña flor, casi insignificante. Pues la belleza se haya en las pequeñas cosas. Vivimos esperando los grandes actos y olvidamos la alegría de los más tiernos gestos.  Maxi podía respirar profundo, las caricias de la noche anterior, cada una de ellas, era un pequeño gesto, un pequeño gesto de cariño. De alguna manera, sabía que estaban unidos, y aunque esa misma noche yaciese en los brazos de otra persona, él tendría una pequeña parte de su corazón, y ella sería feliz, pues la libertad se vive con amor y no con amargura. Y Maxi estaría unido, de algún modo, también a ese hombre o mujer, creando un vínculo de absoluta hermandad. Pues no siempre el hombre es un lobo para el hombre.

Así, Maxi con sus manos rozaba con ternura esa pequeña flor. La llevaría consigo, era su particular llave a la libertad.

 

La muerte apócrifa de Poe

“Con razón se ha dicho de cierto libro alemán que

                ·es lasst sich nicht lessen· De igual modo existen

                algunos secretos que no se dejan descubrir. Hay

                hombres que mueren por la noche en sus camas,

                estrechando las manos de sus espectrales confesores

                y mirándoles con ojos lastimeros. Que mueren con la

                desesperación en el alma y opresiones en la garganta

                que no permiten ser descritas. De vez en cuando,

                la conciencia humana soporta cargas de un horror

                tan pesado que sólo pueden arrojarse en la misma

                tumba”

                         “El hombre de la multitud”      Edgar Allan Poe

 

Se lo ha llevado la Parca y él se ha ido de buen agrado con ella, persiguió la guadaña, la deseaba, la acariciaba en sueños, la amaba sin cesar. Él la atrapó como la noche y las estrellas al sol. Ha muerto y no detrás del mar, en la montaña o en una noche aciaga, como las que describió. No, eso sería demasiado superficial, incluso para él. Poe tenía que fallecer como los grandes genios, en la calle, desolado, pobre y borracho.

 

Oh, Moiras griegas, qué hilo tan corto habéis repartido para su vida, que injusta ha sido su medición. Es aún peor saber que fue el triste poeta quien ofreció las tijeras, quien cortó su propio hilo, arrebatándome el corazón, como quien arranca una flor del suelo, privándole tempranamente de su existencia, para convertirse en un triste adorno que hoy se marchita sobre las losas del cementerio, cuya inscripción reza “Edgar Allan Poe. 1809-1849”

 

La oscuridad, lo extraño, esa fascinación por la soledad y esa bruma espiritual que siempre lo rodeó, lo sigue llevando, incluso desde el camposanto. Eso es y siempre será, el misterio de Poe.

 

Han pasado varios años y aún la nostalgia no me ha abandonado, pesa sobre mí la añoranza de sus cabellos negros, siempre revueltos, de sus ojos en permanente alerta y sus ojeras que callaban  y mataban fantasmas que mis pupilas no podían traspasar.

Sus manos blancas, pálidas como la muerte que le abrazó, no rozarán de nuevo mis labios para pedirme silencio, ya no temblarán al coger la pluma ni el papel, al servirse un vaso de whisky barato en un sucio vaso de cristal. No, las putas de Baltimore y Richmond ya no verán más a su cliente más especial, el que pagaba con cuentos y poesías escritas en servilletas grasientas. No obstante, el cuervo negro no ha desaparecido, aún no se ha esfumado en las penumbras del Infierno.

 

Tal vez sus desfallecimientos mentales, sus obsesiones cíclicas que rondaban las misma esencia de la existencia una y otra vez, para llegar al mismo punto, una revolución literaria en el sentido más estricto de la palabra, sus desequilibrios poéticos, sus miedos que mutaban en amores, habían creado en torno a él, incluso en vida, un imaginario propio de el mismo Caronte, ya sus besos nos llevaban a un paraíso avérnico, en sus sábanas éramos transportadas en una balsa de inestable dolor.

 

Sí, fue mucho lo que tuve que sufrir, yo admiraba a Poe tiempo ha, mientras tanto tenía que ver como cada una de sus anteriores relaciones morían, se extinguían, se perdían en el desván, fallecían de una manera abrupta, mientras otras resurgían o aparecían de la nada.

Y si no, eran ellas quienes morían, porque la muerte siempre persiguió a Poe desde su infancia.

No obstante, todas compartíamos los mismos sentimientos: amor, dolor, desesperación, miedo y al final, todas padecíamos un poco la locura del de Boston. Cada noche él se marchaba, no quizá físicamente, pero su mente se hallaba en cavilaciones lejos de ser comprendidas.

Poe era enigmático, era un noctámbulo que se obstinaba fácilmente, especialmente durante la noche.

Después de hacer el amor, se levantaba del lecho aún caliente, y aún con los cabellos revueltos, cogía su pluma, el tintero y el papel.

“El entierro Prematuro” recuerdo que lo escribió una noche de invierno de 1845, jamás pregunté por qué, justo después de que nuestros cuerpos se entregara el uno al otro. Para entonces, nuestros encuentros eran cada vez más constantes, más calurosos, más emotivos. Pero él siempre tenía la mirada perdida, incluso en los momentos de más excitación, la sombra de la muerte siempre estaba en su semblante, fija, él la amaba, él la deseaba con pasión exuberante, jamás pude competir contra tal mujer.

Nos comenzamos a ver en julio de 1845, lo recuerdo perfectamente. Poe halagaba mis poemas, decía que ni Wallada la Omeya destilaba tal fuerza y Safo envidaba mi soltura con la pluma, yo me derretía ante tales encantos. El genio del siglo me estaba cortejando, me llamaba mujer fatal, mujer poética.

 

Yo sabía que Virgina había muerto hace poco, sabía de la soledad que acechaba su alma, sabía de la desnudez de sus labios y su cama.

 

Sus problemas con el alcohol eran cada vez más graves, el vacío de Virginia junto a la impopularidad de sus escritos, le habían llevado a un vacío existencial y económico. Si antes, su corazón era blando, pero oscuro, ahora se había vuelto revoltoso como las aguas del mar tempestuoso.

 

La luz de las velas le hacía compañía en largas veladas, él componía muchas de sus obras a su vera. Siempre en alejamiento, era su respiración, su agua revitalizante. Le oí llorar, maldecir, tirarse sobre el diván. Habría vendido su alma al diablo si éste hubiese aceptado tanto dolor acumulado en un sólo ser.

Recuerdo también que muchas veces encontré papeles a medio quemar en la chimenea, historias malditas para Poe, poemas mediocres y cuentos que respondían a las más bajas pasiones, o el menos era su respuesta cuando le preguntaba por qué destrozaba algunas de sus creaciones. Muchos los guardé sin que él lo supiera. Son fragmentos inéditos sin sentido, pues el resto han sido devorados por el fuego de las chimeneas, encendidas incluso en verano. Poe siempre tenía frío, aunque era su corazón el que realmente estaba helado.

Siempre me pregunté cómo podía acceder al Olimpo de los poetas si no sentía nada más que dolor, algunas de sus trabajos eran realmente bellos y no se parecían en nada a aquél tormento que concentraba sus obras más conocidas. Sí, era un atormentado, pero también un enamorado. Tal vez enamorado del amor, porque hoy estoy segura que no lo estaba de la vida.

 

Nuestra relación duró unos tres años, al menos oficialmente. De echo, llegamos a comprometernos por un breve período de tiempo. Fueron los meses más felices mientras aguardaba el esperado día de nuestro santo matrimonio. Estaba segura de mi misma, él mismo me había aportado esa seguridad. Sus problemas con el alcohol eran acuciados, su promesa de mantenerse sobrio durante el noviazgo había caído en saco roto, mis padres cada vez veían con peores ojos al hombre de raudos cabellos y bigote negro, tez blanca y mirada disoluta. Mi madre insistió para que pusiese fin a nuestra disparatada relación, yo era incapaz de echar a Poe de mi vida, pues sin quererlo y menos aún, sin pretenderlo, él era mi vida.

Pero todo ocurrió vertiginosamente, la cuesta abajo se hizo caída libre, no teníamos a qué atenernos, tan sólo al futuro, uno añorado que a su lado sería rápidamente un pasado fugaz. La ironía se divertía en reducir a pretérito algo que aún no había ocurrido.

 

Unas semanas antes de comprometernos, él venía desde Boston a Providence, pasaríamos unos días juntos, en el camino me demostró que él ya había marcado su propio final. Tendría que vigilarlo de cerca, tendría la certeza de que las cosas cambiarían. Me equivocaba plenamente.

Llegó a Providence enfermo, vomitando y con un color amarillento. Inmediatamente fuimos a mi casa y llamé al médico. Mientras Poe dormía ya plácidamente y algo recuperado, el doctor me confesó que probablemente el poeta se había intentado suicidar, probablemente con láudano.

No reparé en la cuestión, seguiría mi vida normal con él.

Pero pronto se vería que él no encajaba en mi círculo social. Sus discusiones con algunos amigos míos hicieron de nuestro amor, en este punto ya, algo apabullante, sórdido e impávido. Él mostraba cada vez menos interés y estaba más perdido que nunca. Finalmente, fue en diciembre de 1848 cuando nos comprometimos.

 

Él envió una notificación a mi casa, se presentaría para cenar con mis padres y terminar los preparativos de la boda. Pero esa noche culminó lo que habían sido tres años de relaciones. Él se presentó en casa más tarde de lo que había dicho y, además, en un lamentable estado de embriaguez y mis padres no lo tolerarían más.

Mi padre fue implacable con él, pero su rostro era impasible, yo vi desde la escalera como su ojos se rompían en miles de pedazos a través de su mirada. Cuando la lluvia de dagas mi padre cesó, él sólo dijo “Buenas noches, lamento las molestias” Se dio media vuelta y se marchó.

Yo me sentía desnuda, empequeñecida, idiota.

Le intentaría seguir la pista, pues tenía claro que él se iría de Providence inmediatamente.

 

Sarah Elmira Royster, Annie Richmond y Sarah Anna Lewis fueron difíciles competidoras y sus relaciones con ellas se alternaban con las nuestras. Yo lo sabía, y, probablemente, ellas también, pero nuestro amor por Poe era superior a todo, él poseía una especie de magnetismo increíblemente absorbente.

 

Poe se mudó a Richmond, en busca de nuevas oportunidades. Aunque en pocas cosas creía él ya.

Los meses siguieron pasando, nuestro amor era secreto, pero ya imposible. No obstante, Sarah Elmira Loyster Lewis supondría un obstáculo a superar.

Ambos se conocían desde la niñez y ciertos juegos íntimos hubo entre ellos durante la época del matrimonio de Poe con Virginia. La conducta errática de Poe y su entusiasmo por las artes oscuras, habían hecho a Elmira perder la cabeza por él. Como todas.

 

Durante su estancia en Richmond, él estuvo visitando durante todo el verano, cada noche, el cementerio de la ciudad. Una de esas noche decidí seguirlo. Temblando de miedo, me introduje en la ciudad santa de los muertos.

Vi cómo se sentaba frente a una lápida vacía, sin inscripción. Después de un bolsillo sacaba un papel y una pluma, escribía sobre él algo, después dejó el papel escrito sobre la fría tierra y lo enterraba. Hizo lo mismo con varios fragmentos, les daba vida para después sepultarlos con la tinta aún fresca.

Con aire desconcertante se alejó de la Necrópolis. Pero Poe no se dirigía al lecho a dormitar, no, tras la jornada nocturna en el cementerio el se sentó en la taberna con aire cabizbajo mientras tomaba vodka barato.

Ya ni se acostaba con las putas de Richmond. Todas le observaban perplejamente, su cuerpo se hallaba desfigurado, muerto.

Decidí hacer lo mismo las siguientes noches. Edgar Allan Poe no volvió a ir al cementerio, no al menos en vida.

La siguiente noticia suya la tuve en septiembre. Su boda con Elmira estaba programado para el 17 de octubre del mismo año, y yo no había vuelto a besar a Poe desde julio.

 

Una corazonada me decía que Baltimore, donde había crecido, era el lugar al que tenía que ir. Podría ser esa ciudad o cualquier otra lugar de los Estados Unidos en el que se hallase Poe, pero las conexiones entre el poeta de Ares y yo eran demasiado fuertes como para obviar ese sexto sentido. Contacté con un amigo suyo que vino en mi ayuda. Él tampoco tenía conocimiento de su paradero desde hace más de un año. Él había descuidado a sus amistades tanto como a su salud.

En esta ciudad el nombre de Poe era mucho más sonado y conocido, especialmente en los arrabales. Algo que a estas alturas, no me extrañaba en absoluto. Aunque nunca supe por qué Poe había ido de nuevo a Baltimore, ahora sé que su deseo era morir allí.

 

Una de esas noches, seguí a Poe en sus correrías. Había salido de la posada donde dormía, pero no llevaba indumentaria alguna.

Iba delirando por la calle mientras gritaba “Salvad mi alma. Dios, ¡salva mi alma. El gato negro volverá, el cuervo negro volverá y se posará sobre ese busto ¡ese busto maldito! Pérfidos dioses del Averno, habéis traicionado vuestra promesa. Dios, protege mi alma”

 

Yo estaba embelesada por tal descomunal espectáculo. Seriamente creí que Poe estaba completamente bebido y no quedaba otra solución que controlar su terrible alcoholismo, algo normal entre las personas de clase baja y trabajadoras, pero no entre los escritores como él.

No había rastro de la novia en ninguna parte. Es posible que incluso hubiese llegado solo a la ciudad.

 

Su amigo, el señor Snodgrass, consiguó ropa para él. Se hizo con unos pantalones y una camisa, que le quedaba dos tallas más grandes. Poe estaba en estado de shock, relataba historia de Reynolds, Reylnods allí y allá, sus personajes se volvían contra él.

 

El señor Snodgrass se hizo un carro y fuimos rápidamente al hospital Washington.

 

Cada mañana le visitaba en el hospital. Cada día, su mirada estaba perdida en la profundidad, entre  su imaginación, su deseo, su literatura y su muerte deseada, anhelada. Parecía incluso gozoso en aquél estado febril.

Todos los días relataba alguna de sus historias, cambiando algunos detalles y omitiendo otros, es como si estos fueran onerosos para sí. Podría ser, el destino había sido cruel con él, aunque Poe también había colaborado para llegar hasta ese momento.

La noche del 6 de octubre me quedé a su lado. Por la mañana, Poe estaba relatando su poema “El cuervo”

 

-Y dijo “nunca más. Nunca más”- Lo repitió incontables veces.

-Nunca más, maldito cuervo... ¡Que Dios salve mi alma!-

En ese momento, un espasmo de arriba a abajo recorrió el cuerpo de Poe, una espuma blanquecina salió de su boca, su rostro pasó de la tensión a la rigidez mortuoria. Poe estaba donde quería, con sus sueños, sus ángeles y sus demonios. La vida, su vida, había llegado a su fin.

 

Después de su entierro, al cual fuimos muy pocas persona huelga añadir, recordé los escritos enterrados junto a la lápida secreta en Richmond.

Encontré la tumba no sin demasiada dificultad. No obstante, sobre ella descansaba un gato negro que dormía plácidamente. Le quise echar, pero el gato me miró. Ese semblante me era familiar, ese que tanto mis manos añoraron, que tanto mis labios hicieron temblar y mi corazón deseó. Muchos dirán que estoy loca, pero ese gato era Edgar Allan Poe, ahora guardián de unos escritos que no podían ver la luz.

Años más tarde, Poe fue trasladado de Baltimore a Richmond. Su tumba se encuentra en el mismo lugar donde están enterrados sus apócrifos escritos. Hoy, después de veinte años de su muerte, el mismo gato negro sigue cuidando la tumba.

Los enterradores, incluso, le han llamado “el gato negro de Poe”. Para mi es y seguirá siendo, el secreto de Edgar Allan Poe, mi amigo, mi amante y el genio del siglo.